Como Social Media In-Expert confesa, quiero compartir “en voz alta”, algunas reflexiones después de más de 20 años trabajando en publicidad y unos pocos ¿aprendizajes? en esto que llaman “social media”:

-Siempre creo que la palabra “gurú”, usada como adjetivo, es un chiste que el denominado así no entendió. Antes de aceptar que los llamen “maestro espiritual o jefe religioso” o “Persona a quien se considera maestro o guía espiritual, o a quien se le reconoce autoridad intelectual” piensen en si tienen suficientes méritos para eso o sufren de una enorme falta de modestia. (Definición de la RAE)

-Cada vez que leo “experto en social media” o “bloguero” no puedo evitar transportarme a la -dudosamente- gloriosa época del .com. Tal y como, en mi opinión era en esos tiempos el .com, tanto el SM como los blogs son (nuevamente, en mi opinión) nuevos medios donde expresarte o transmitir tu mensaje, sea como persona o como empresa. Si eras vendedor, el .com te dio un nuevo canal de ventas, pero si no tienes idea de cómo vender, no hay site que te salve. Igual pasa con los blogueros que no saben escribir o no tratan temas interesantes, estar en la web es como haber impreso un libro, quizás financiado de tu bolsillo, que a nadie le interesa leer. No importa que el SEO te ponga de primero, si a la gente no le interesa lo que vendes, sobre lo que escribes, o tú, no sirve. Igual que en la “vida real”, ¿no?

-En la “vida real” a nadie aguanta a una persona que esté todo el día hablando sobre sí misma, sus logros, lo guapo que es y cuánto lo quieren los demás, sin interesarse jamás por quienes lo rodean. Entonces, ¿por qué habría de gustarle una marca que haga lo mismo? Hagan publicidad en los medios sociales (de algo tienen que vivir esas páginas), pero adapten el mensaje a un medio no apto para monólogos ni auto elogios. Aprovechen esos “focus groups” automáticos estableciendo un diálogo con sus compradores y quien sabe si, al saberse escuchados, se transforman en sus mejores vendedores. ¿O nunca han pensado en porqué se llama SOCIAL Media?

-Si me vas a hablar en un sitio donde me siento cómodo, hazlo de algo que tenga que ver conmigo: ¿cómo puede interesarle a alguien que entra a cualquier medio social a ver las fotos de su sobrino las mejoras en el motor de un automóvil? Sería como pautar un aviso de acumuladores en Vogue. Luego no digan que lo que no sirve es Facebook o MySpace (eso último fue un chiste). Nunca ha visto un “One Show” de los mejores publireportaje (a mí me parecen aburridísimos) y ponerlos en un sitio “de moda” no va a hacer que aumenten su poder. Si es fastidioso no sirve. Punto.

-Los avisos o son buenos o son malos. Pautar en primera página full color en un diario de circulación nacional una nota de prensa no la hace más emocionante (aunque no faltará quién me recuerde la hazañas de Don Draper). Publicarla “promoted” en Facebook sólo hará que esconda la historia y quien sabe si hasta deje de gustarme la marca. Si no pueden hacer buenos avisos contrata a un creativo que los haga. Al igual que en los .com, siempre fuiste creativo y ahora también creas para SM. Recuerden que según el tío Leo, en publicidad el peor pecado es ser aburrido. Debería ser el primer mandamiento para todos los medios.

-¿Le tienes miedo a los ataques? ¿Tienes algo que ocultar como marca y no quieres que nadie lo mencione? Entonces, lamentablemente, el SM no es para ti. Pero, peor aún, tampoco lo es esta época. Nada de lo que hagas como marca es “sagrado”. Aunque decidas que no estás preparado para responder ataques en medios sociales, si tengo algo contra ti encontraré la manera de hacértelo saber, y en el camino se enterarán todos mis amigos, colegas, seguidores, suscriptores de mi blog, etc. En mi opinión, te conviene estar disponible para responder. Claro, es sólo mi opinión.

-Todos los mensajes tienen (o deberían) estar adaptados al medio donde se transmiten. Si nunca pautarías una “Memoria y Cuenta” en un medio de “entretenimiento”, ¿de verdad crees que Facebook, Twitter o G+ son los mejores lugares para hacerlo?

-Social Media es un medio más: no sé si es porque los posts de Facebook o tweets no tienen un costo inmediato de pauta que se les da tan poca importancia, pero, piénsenlo bien: si supieran que ese “aviso” va a ser leído por 10.000 personas, ¿lo publicarían?

Esta lista desordenada ha estado dando vueltas en mi cabeza por un tiempo y, para que se quedara tranquila, la escribí.

Si quieren agregar alguna reflexión/pensamiento o aprendizaje, anótenlo en los comentarios. Gracias!

 

 

 

Larry Clark, el cineasta, fue el primero en presentarme la palabra “bully”. Me preguntaba cómo habían hecho para ponerle el título de la película al español, ya que el término, aunque muy utilizado es súper difícil de traducir.

Hasta que finalmente, después de casi 4 años viviendo en EE.UU. encontré la traducción perfecta para esa palabra: “Bully”, en español, es “cobarde”.

Resulta que, de unos años para acá, aquí todo es considerado “bullying”. La amplitud del término incluye desde burlarse de unos zapatos hasta meter a un compañero de clases en la papelera durante el recreo. Cómodo, ¿no? El racismo es bullying, la burla, bullying, no querer jugar con otro niño en el recreo, bullying también. Entonces, ¿dónde queda ese “verdadero” bullying? Sí, ése que en Venezuela llamaban algo como “caribeo”, el maltrato continuo por parte de un “caribeador” hacia los que -cree él- son más débiles.

Una niña en la escuela lloraba desconsoladamente y, al preguntarle por qué se sentía así, contestó, señalando a un grupo a lo lejos “me dijeron que era una bully porque no quise jugar con ellas”

A mi hijo y a un compañero intentaron meterlos en la papelera durante un recreo. Sí, eso también es considerado “bullying”. La mamá del otro niñito, una tipa extraordinaria, se sintió tan impotente que lloró. Yo, presumiendo de una dureza latina que creo haber olvidado en Caracas, traté de tranquilizarla: “sólo están en 2do. grado… no pasa nada”.

Pero sí pasa. Primero, la felicidad con la que se utiliza el término hace que los niños no distingan la gravedad del verdadero bullying. Si una niña que no quiere jugar con otras merece el mismo calificativo que unos pichones de delincuentes juveniles, algo está mal. Si los que no obedecen las reglas son glorificados, algo está peor.

Una de las cosas que me gusta de que mi hijo asista a una escuela pública es que, a diferencia de mí, crecerá expuesto a una variedad de puntos de vista y culturas que la realidad venezolana me hacía imposible. Sin embargo, si esa variedad de puntos de vista flexibiliza el respeto hacia los demás, creo que el problema es grave.

Esta cultura, además, trata de recuperar al perdido en lugar de mantener bien al sano. Encuentro especialmente extraño que una ciudad tan alejada de las enseñanzas católicas repita inconscientemente la parábola del hijo pródigo, con la diferencia de que ese hijo pródigo no tiene padre que lo espere de vuelta. Para el momento que el sistema cuasi paternalista se dé cuenta de que el bully es, en términos criminológicos, “irrecuperable”, habrá perdido doblemente, porque el “bullyiado”, a menos que tenga un soporte familiar a prueba de balas, probablemente saldrá dañado también, al dedicar energías que debería enfocar en ser un mejor estudiante a defenderse de los ataques.

La igualdad de oportunidades en la escuela pública no puede limitarse a dar al niño de menos recursos  las mismas posibilidades de desarrollo que a los demás. Tiene que ser capaz de construir un ambiente donde TODOS los niños, sean fuertes, débiles, parte del 99 o del 1% puedan alcanzar el máximo de su potencial. Defender a un bully porque tiene carencias afectivas es tan malo como perdonar a una niña que golpea a otra sólo porque sus padres donaron el patio del recreo. Las acciones tienen consecuencias y proveerle a los niños circunstancias atenuantes derivadas de su entorno les da una coartada eterna, que estoy segura seguirán utilizando hasta que entren al sistema legal juvenil y, más adelante, al sistema penitenciario. Están formando irresponsables. Por eso, en mi opinión, un bully es un cobarde, que no enfrenta las consecuencias porque el sistema escolar le da la excusa para no hacerlo.

Si en la escuela (igual que en los hogares) no existe una cultura que eduque a los niños a no seguir a quienes toman malas decisiones y lleva a idolatrar a los chicos cuyos padres no les ponen reglas, los “cobardes” seguirán ganando. Escuché a un niño de 2do grado decir “tuve sexo con alguien” (imagínense el tamaño de mi asombro) delante de todo su salón: un niño cuyos padres no ejercen el menor control sobre él es el sueño de todos los demás a los que nosotros, los “malos padres” no permitimos pasar todo el día solos en la casa, jugando Resident Evil ni surfeando YouPorn.

No me considero moralista, pero ¿sexo a los 7 años? ¿En serio? (ni hablar de YouPorn)

De ahora en adelante, mi política es “Zero Tolerance” contra los verdaderos bullyies, Comenzaré a llamarlos, en su cara, “cobardes” y, como probablemente no entiendan español (generalmente los bullyies no son precisamente los estudiantes más aventajados del salón), traduciré y les diré “you are not a bully, you’re a coward, pendejo”.

Vivo en California y, tristemente, veo varios candidatos a la vecina San Quintín. Esperemos que me equivoque y estos chicos no terminen como los hechos reales en los que basan “Law and Order SVU”.

Encontré un blog sobre anti-bullying muy bueno (en inglés) del que saqué la imagen. Visítenlo. Se llama “The Anti-Bully Blog”

Desde que recuerdo, siempre me ha encantado leer. Quizás porque no había tantos programas de TV ni existían las computadoras, o porque en mi casa el único video juego que existió fue el primer Atari mi manera de pasar el tiempo libre era leyendo. Tanto, que cuando en cualquier formulario me preguntaban mis “hobbies” mi primera respuesta era “leer”.

No me refiero a obras maestras de la literatura ni a tratados filosóficos: la biblioteca de mi casa tenía desde las obras de Ortega y Gasset hasta “El Tercer Ojo” de Lobsang Rampa, y pasaba por las ediciones de bolsillo de Agatha Christie, historias del inspector Maigret, todas las revistas de “Alfred Hitchcock presenta” y unos cuentos tristísimos que olían a polvo, de Somerset Maugham.

Podría narrar cronológicamente mi infancia y juventud según los libros que leía. Por eso, me extraña tanto que, para mi hijo mayor, leer sea considerado una tarea o, peor aún, un castigo.

“¿Mami, si leo me dejas jugar con el Nintendo?” es casi una pregunta diaria en mi casa. “Leí 20 minutos, ¿ahora puedo hacer otra cosa?” “Ya en la escuela leemos suficiente” es parte de su guión diario. Y no es que lean “Platero y yo” (de lectura obligatoria en mi niñez y fastidiosísimo a cualquier edad). Comienzan con las obras del Dr. Seuss, quién escribió libros infantiles para enseñar a leer porque se dio cuenta de que ninguna de las obras recomendadas para esto resultaba interesante para los niños. Tienen acceso a historias divertidas y hasta algo escatológicas para los estándares del Colegio del Opus Dei donde estudié. Pero, ni así. No he encontrado la forma de hacer que mi hijo tenga una relación amorosa con la lectura tan hermosa como la mía y me frustra que un niño tan inteligente como él (modestia aparte) no aproveche las ventajas que le dará leer con gusto.

He pedido consejos en la escuela, en la biblioteca pública, foros de Internet, etc. La televisión está alejada y las computadoras sólo las usa para investigaciones. Por mi parte, dejé de usar lectores electrónicos y volví a los libros físicos para que viera que estaba leyendo. Le leo historias escogidas por él, pero nada.

Quizás mi error está en querer que mi hijo disfrute con las mismas cosas que me hacen feliz y debo dejarlo escoger sus propios amores. A lo mejor si sólo me ve jugando Zelda, por llevarme la contraria lea todo lo que hay en la biblioteca ¿Resultará darle una sobredosis de telenovelas mexicanas para que, harto, no quiera oír más tv en su vida?

Claro, yo me preparo para un milagro y uso eso como excusa para estar al día con los libros “de moda” entre su generación: ¿Ya leyeron “The Hunger Games”?

 

Desde que comenzó la furia de las redes sociales siempre he pensado que la única manera de justificar el uso o presencia en más de una es alimentándolas con contenido diferente. ¿Cuál es el objetivo de repetir el mismo post en 2o redes distintas si básicamente te sigue la misma gente? Quizás, como empresa, la misma información es relevante para tus clientes en varios medios. Claro, siempre que la estructura de ese medio o red lo permita.

Entiendo que Twitter, Google+ y Facebook pueden admitir, si no el mismo contenido, por lo menos cierto formato común. Pero, ¿Linkedin? ¿Cuál es el sentido de publicar updates totalmente personales en una red autodenominada “profesional”? por ejemplo.

Existen las fronteras, escritas o no. Si todas esas redes sirvieran para lo mismo (o las usáramos para lo mismo) perderían todo el sentido.

Toda esa introducción de social media expert wannabe es para referirme al boom de Pinterest. Cuando una de mis amigas me invitó a esta red, me la explicó de una forma bastante sencilla: es un sitio donde “pegas” las cosas que te gustan y puedes separarlas por categorías en “boards” que tú creas. Además, puedes elegir seguir todos los “boards” de alguien o sólo los que te gusten.

Pensé: “perfecto”. Como coleccionista de imágenes bellas e inutilidades divertidas me sentí inmediatamente target de Pinterest y comencé a usarlo con mis amigas de gustos similares. Mis boards iban desde “cosas que me gustan” hasta “creepy stuff”, pasando por “really?” (me pareció de mal gusto bautizar el board “WTF”), y seguí actualizándolo con cierta regularidad. Debo confesar que la consideraba una de las redes sociales más “relajadas”, como un corcho moderno donde en lugar de pegar postales de películas de cine o fotos de tus lugares favoritos, pegas sus versiones digitales.

De un día (o semana) para otro, todo el mundo comenzó a hablar de Pinterest. No me considero exageradamente “early adopter”, pero me extrañó que algo que venía usando hace casi un año comenzara a mencionarse tanto tiempo después. Pensé, ¿será que lo compró Google y no me enteré? ¿O Icahn?, pero no, simplemente algunos líderes de opinión en SM consideraron que la herramienta valía la pena y comenzaron a reseñarla, con las (favorables) consecuencias que eso trajo.

Por supuesto, para que una red social sobreviva tiene que ser conocida, atraer público y encontrar formas de hacer dinero. A pesar de la hipócrita postura de Zuckerberg en “The Social Network”, que sea cool no basta y muchos retailers encontraron en Pinterest una manera fácil e interesante de mostrar sus catálogos, uso que, en mi opinión, es perfecto para “pegar” en esos corchos virtuales.

Lo que sigo sin entender (recuerden que no soy experta en redes sociales) es porqué algunos insisten en convertir Pinterest en Twitter, Facebook, Google+ o, peor aún, Linkedin. En mi opinión Pinterest es totalmente visual y de fácil lectura. No la entiendo como marco de cifras comparativas de la pobreza en distintos países de América Latina. Puedo aceptar malos chistes gráficos y fotos cosplay espantosas, pero infografías del crecimiento per cápita del consumo de opiáceos, no. Si estuviera en el colegio, Pinterest no me parecería un lugar para estudiar.

Como leí por ahí, cada red es lo que tú quieres que sea. Por ahora, como “persona natural” trato de tener mis fronteras si bien no defendidas con muros de Berlín, delimitadas:

En Facebook: interactúo con mi familia y amigos, veo fotos de mis amigos y de sus bebés, me entero de matrimonios, divorcios, acontecimientos felices o tristes. Es una manera de seguir en contacto con amigos que físicamente están lejos.

En Twitter: comparto opiniones y enlaces que me gustan. Expreso mis malos y buenos humores, debato sobre política, comento eventos y hago críticas, casi siempre relacionadas con lo que sucede en mi país de origen: Venezuela. Es la única red social donde me permito hablar de política, un límite que me puse conscientemente pensando que, en la vida real, hay lugares donde se habla del gobierno y lugares donde no.

En Google+: mezclo un poco de todo, desde compartir fotos personales con círculos de amigos hasta comentar campañas publicitarias geniales, trabajos fotográficos que me gustan y la canción que acabo de escuchar en la radio. Me gusta abrir discusiones sobre temas, si bien no tontos, tampoco muy profundos como cuáles son las mejores frases de la literatura es español, por ejemplo. La política, aquí, para mí no existe. No escribo mis opiniones al respecto ni comparto noticias relacionadas con esto. Por lo menos por ahora.

En Linkedin: establezco conexiones laborales. Si está prohibido por la ley preguntar en una entrevista de trabajo si soy casada, tengo hijos o mi edad, ¿por qué querría publicar algo relacionado con esos tópicos?

En Pinterest: pongo (o “pineo”) lo que me gusta o me llama la atención. Trato de mantenerme lo más “gráfica” posible. Aunque disfruto escribir intento que mis boards sean lo más visuales posible ya que creo que una de las ventajas de esta red es que permite ser “hojeada” (del verbo “hojear“) fácilmente. No me imagino leyendo un tratado filosófico en el corcho de mi cuarto.

Claro, esa es sólo mi opinión personal. Tan personal como debería ser nuestra presencia en cada red.

Villa Alegre era un show que transmitía la TV venezolana en una época en la que teníamos que “conformarmos” con los 4 ó 5 canales de señal abierta disponibles. Villa Alegre era una especie de pueblo donde los mayores le hablaban a los niños en inglés, éstos les respondían en español y viceversa. Recuerdo que su formato era bastante más divertido que la mayoría de los programas educativos que hacían de baby sitter en las tardes lluviosas mientras las madres terminaban la cena. Y, aunque no puedo decir si me enseñó o no inglés, puedo asegurar que si las casas en EE.UU. tuvieran nombre, la mía se llamaría Villa Alegre.
En mi natural terquedad, nunca he entendido porqué madres que dominan perfectamente el español insisten en comunicarse con sus hijos, una vez mudadas a un país angloparlante, en un idioma que definitivamente las pone en desventaja.
Primero está el problema del “acento nativo”. No importa cuántos cursos en gramática inglesa tengas: si no aprendiste a pronunciar la “z” en inglés antes de los 4 años, serán necesarias al menos dos reencarnaciones para lograrlo (en mi caso, tres). Si sé que nunca podría llamar por teléfono a un niño llamado “Zachary” ni me entienden cuando dicto “Grizzly Peak Boulevard”, ¿Por qué debo insistir en hablarle a mis hijos como una copia devaluada de Sofía Vergara? (inserte tono envidioso aquí).
Además de evitarme humillaciones innecesarias (“mami, es “zzzziiibra, no ziiiiibra”),  el hablarle en español a mis hijos les da una ventaja sobre sus compañeros, muchos de ellos 100% monolingües, al entrenarlos a pensar en dos idiomas como nativos y, a medida que se hacen más grandes, a distinguir cuántas de las diferencias culturales se ven reflejadas en las sutilezas del lenguaje ; ¿Cómo entender la diferencia entre “ser” y “estar” con un solo verbo “to be”?
No puedo evitar reírme al oír a mis compañeras idiomáticas regañar a sus hijos en lo que yo llamo “español en inglés” delante de un público completamente hispanoparlante. ¿Que los niños se confunden si oyen dos idiomas? La cantidad de inmigrantes que dominan a la perfección más de una lengua demuestra lo contrario.
Yo insisto en transformar mi imposibilidad de adquirir un acento nativo en una oportunidad para que mis hijos (y algunos de sus pobres amiguitos) escuchen el español que me ayuda a escribir lo que quiero y al que defiendo ante los criminales de ortografía de todas las maneras posibles. Ellos, acostumbrados a expresarse socialmente en inglés, me oyen responderles en español e imagino que, en su mente, me ponen los subtítulos en inglés. Claro, ellos no habían nacido cuando pasaban Villa Alegre.
Si hiciera una lista de las cosas que son completamente diferentes para mí desde que me mudé de Caracas a Berkeley, necesitaría pedirle espacio a los servidores de Wikipedia. Diferentes no significa mejores ni peores, sólo eso: distintas.
En general, cuando uno viene de un país como Venezuela, donde el caos no sólo es aceptado sino que muchas veces celebrado, el choque cultural que representa el orden norteamericano es fuerte: si una cita es a las 9 no es a las 9:05 ni a las 9:30, es a las 9:00; el “como a las 9”, aunque puede traducirse como “9 ish”, no existe como concepto. ¿Será que el tiempo tiene más valor para ellos que para nosotros, o que preferimos trasladar el stress de las citas puntuales a otros asuntos?
Por otro lado, ese respeto ciego al orden los hace muy vulnerables a nuestros “manejos de objeciones”: ante un “lo lamento, no hay citas hasta marzo de 2013” respondemos “¿seguro? ¿puede buscar en la agenda a ver si hay un huequito? Sí, espero mientras revisa” y, casi siempre, nuestro apremio de última hora resulta vencedor.
Ese orden férreo se traslada a todos los aspectos de la vida en Berkeley. Yo, acostumbrada a la eterna incertidumbre, me sobresalto ante la falta de sorpresas. Pero dicen que uno se acostumbra a todo y yo estoy entrenando para eso.
Mi último examen de equivalencia entre Ccs/Bk lo presenté este fin de semana: mi hijo mayor fue invitado al cumpleaños de uno de sus compañeros de clase. Familia berkeliana al 100%, padres encantadores, educadísimos, correctísimos y todos esos ísimos. Hijos maravillosos, inteligentes, educados, leídos (sí, leídos), probablemente no ven televisión y estoy segura de que se saben la Ley de Gravitación Universal con fórmula y todo.
Por supuesto, la celebración tenía una agenda: comenzó con un almuerzo donde todos los niños se sentaron, comieron y esperaron pacientemente, sin levantarse, hasta que cantaron cumpleaños. ¿Cómo hicieron para que mi Santiago, que no aguanta ni 2 minutos sin revolverse, soportara 40 minutos en la mesa? (Inserte cara envidiosa aquí). Además, los estoicos niños esperaron, sin pararse de sus sillas, hasta que les sirvieron su correspondiente pedazo de torta con helado. Debo reconocer que el pastel merecía la pena, pero cuando intenté hacer lo mismo en mi casa con un pedazo que me regalaron, no funcionó: me pregunto qué estoy haciendo mal.
Para mí, que no existe algo como “estás comiendo demasiada azúcar” la restricción de un solo pedazo de torta por niño me parece incomprensible, pero cuando ves las cifras de obesidad infantil a nivel mundial tiendes a darles la razón. Mis hijos, que no aceptan un “no” por respuesta (¿a quién habrán salido?), ya interiorizaron el “no seconds” y son felices así. Dios los libre de una piñata venezolana con torta, quesillo, profiteroles, gelatina, tequeños y mucha frescolita y uvita.
Al finalizar el almuerzo, la agenda indicaba que se llevaría a cabo un juego. Yo, madre salvaje de hijos en estado de domesticación, esperaba una competencia de velocidad, destreza o una rifa con adivinanzas. Imaginen mi cara cuando vi al padre del cumpleañero entregar sendas hojas a los equipos donde tenían que descifrar una clave numérica para encontrar un tesoro. Agradeciendo infinitamente a Pérez Reverte, heroicamente me ofrecí a ayudar al equipo de mi hijo (no fueran a darse cuenta los demás papás que Santiago juega Mario Galaxy) y descubrí que los niños necesitan poca ayuda cuando hay un premio de por medio, sin importar qué difícil le parezca a los padres el reto que enfrentan.
Todo lo anterior se llevaba a cabo en un respetuoso tono de voz: Milagro! En mi casa no se habla en volumen moderado ni que se muera alguien: ¿Cómo hace esa familia para controlar el nivel de ruido de 12 niños de 7 años y sus padres? Debe ser el azúcar.
Al finalizar el evento, mi hijo seguía convertido en el perfecto niño berkeliano y yo en la mamá atónita recordando a las Esposas de Stepford, entre asustada y esperanzada.
No sé si para mi tristeza o felicidad, el efecto domesticador de la fiesta no duró mucho. El “Berkeley Santiago” se convirtió en “Mi Santiago” al cruzar la puerta de mi casa, con su volumen regular de voz y sus exigencias y yo, acostumbrada a pensar entre ruido concluí que en un país tan tecnificado como éste, es lógico que la gente vuelva a lo básico y redescubra el placer de descifrar códigos numéricos, crucigramas, etc. Al volver de la fiesta, busqué mis libros de criptogramas y recordé, orgullosamente, lo bien que se siente descifrarlos.
El proceso de “des tecnologización” es difícil para los niños. Pasar de un mundo donde todo sucede inmediatamente a otro que exige artesanía puede parecer un retroceso para ellos, pero la paciencia se cultiva y, si yo estoy aprendiendo a vivir en un mundo nuevo ellos podrán hasta construir el suyo.
Sí, ya me di cuenta: me desvié del tema.
Para concluir esta reflexión, después de tres años aquí sigo aprendiendo que el orden hace falta, las diferencias son buenas, que para los niños es tan fácil aprender como desaprender y que las ciudades perfectas dependen de la gente que las habita.
Eso sí, mis piñatas seguirán teniendo muchos dulces.

Hace unos días leía sobre los “nazis del idioma” y su movimiento de inquisición y presenciaba un desacuerdo entre lo que es correcto e incorrecto según el Santo Diccionario de la RAE y me di cuenta de quedetesto cordialmente a la RAE. Mi amor por el español y su gramática, basada en nuestro “desordenado” ser no puede admitir que este idioma sea normado por leyes draconianas. Reconozco que somos tan desorganizados que algunas reglas tenemos que respetar. Además, cada vez que alguien agrega una s al pasado de la segunda persona del singular siento que pierdo un año de vida. Pero hasta ahí.Los idiomas evolucionan todos los días y no podemos esperar que S.A.R. Doña Rae sea omnipresente o tenga oído biónico para contar con su venia para emplear correctamente una palabra recién acuñada. Igualmente, anglicismos, galicismos y demás itsmos tienen cada vez menos sentido en una sociedad globalizada: no necesito que Don Camilo José Cela o Don José María Pemán me autoricen, vía Ouija, el uso de “postear” o “forwardear”.
Adicionalmente, he desarrollado una especial animadversión hacia los “Generales en Jefe” de la RAE: una cosa es la corrección gramatical y los horrorosos errores ortográficos: debe existir un mínimo respeto por la lengua que ya dejó de ser de Cervantes para convertirse en nuestra y otra, muy diferente, esgrimir las “Leyes de la Academia” para excluir, por ejemplo, la igualdad de género en nuestro idioma. Normas que en realidad son mucho menos férreas si consultas el DRAE que si eres víctima de un gendarme del español.
En mi opinión, utilizar a la Academia como excusa para no admitir el uso de un término en su género femenino, por considerarlo redundante, puede que sea correcto, mas no me parece justo. Este diccionario acepta “abogado” y “abogada”, pero hay a quien le parece inútil su utilización conjunta.
¿Cómo olvidar a las mujeres, que ayudadas por muchos caballeros han luchado para que se reconozca que podemos hacer las mismas cosas, y hasta más, que los hombres? Entonces. ¿por qué tenemos que conformarnos con que las profesiones sólo se llamen por el género masculino? Sé que es ocioso, repetitivo, redundante, fastidioso y todos los osos los discursos que parecieran querer llenar espacios al decir “niños y niñas” y que “niños” los incluye a ambos. Pero la culpa es de nuestro idioma, que define géneros según la letra final. ¿Por qué no hay un “Damas” y “Caballeros” para cada cosa? (sí, sería medio ridículo y hasta poco económico).
Sin embargo, existen varios casos de palabras “unisex”: como “Presidente”, que en mi opinión es bastante neutra porque admite tanto “el” como “la” como artículos. Igual pasa con “Juez”, “Policía”, “Votante”, “Pobladores”, etc. En mi opinión decir Presidente y Presidenta resulta ocioso porque “presidente” (y todas esas palabras terminadas en “e”) suena bastante neutro.

Personalmente, me alegro cuando dicen Abogados y Abogadas. Lo de ciudadanos y ciudadanas me tiene sin cuidado ya que la ciudananía es un derecho con el que nacemos sin importar el sexo.

Me llama la atención que en esta sociedad hispanoparlante tan machista nadie haya protestado porque la profesión “Publicista” termina en a y pudiera ser sólo del género femenino. No oímos a nadie presentando: -“estimados publicistos y publicistas”, ¿No? Así me siento con respecto a “miembros y miembras” En inglés han resuelto el asunto de la igualdad de género de una manera muy inteligente: en lugar de usar como prefijo “man” o “woman”, usan “person”. Porque al final eso es lo que somos todos, ¿no? Personas. Sin embargo, son bien cuidadosos con los pronombres, dicen “he or she” (él o ella) y el plural, “them” (ellos) es completamente neutro. Pero no conozco mucho de su academia de la lengua. Debe ser porque no tienen: sabios, ¿no?
¿Conclusiones? No tengo. Si Ana María Matute, Arturo Pérez Reverte y Antonio Muñoz Molina no me dan permiso para usar redundancias ni neologismos, pues los obedeceré, siempre que me lo prohíban personalmente. Por lo demás, seguiré tratando al español como lo que es: una lengua viva que nunca dejará de evolucionar y cuyas reglas escribimos quienes la usamos todos los días. Y no: no soy filóloga ni lingüista (por si acaso se me fue un gazapo).


 

Aunque soy venezolana no sé mucho de telenovelas. Que mi padre sea español tampoco me hace especialista en fútbol. Por eso, al enterarme de las reacciones de los “comentaristas” -así, entre comillas- ante la no eliminación de la selección de fútbol venezolana -hay que estar claro en que no están asombrados porque Venezuela pasó a las semifinales sino porque no la eliminaron en la primera ronda- Vinieron a mi mente situaciones de varias de mis películas favoritas, entre ellas “Hairspray”, del maravilloso John Waters. Esta obra maestra de Waters narra la historia de Tracy Turnblad, una adolescente algo pasada de peso, que quiere ganar un concurso de baile televisado durante los años 60.

En realidad, si vamos a cuentos de hadas, el equipo de Venezuela no es ni remotamente Cenicienta. Cenicienta nació en cuna de oro y su justo puesto en la sociedad le fue arrebatado por su malvada madrastra y las envidiosas, además de feas, hermanastras. Sin embargo, Cenicienta era bella y educada, sólo necesitaba un hada madrina que le presentara a su príncipe para triunfar (con detallitos como zapatillas de cristal para darle dramatismo, claro).

Ese nunca fue el caso de la Vinotinto.

Nuestra selección de fútbol siempre fue más, en mi opinión, esa niña impopular durante toda la primaria y parte de la secundaria. Algo torpe. Con maestros que no la ayudaban porque no habían descubierto que podía tener potencial. De un día para otro, se dieron cuenta de que era mucho mejor de lo que creían al principio y comenzaron a invitarla a fiestas organizadas por los más populares donde hasta bailaba toda la noche.
Hasta que, como en Hairspray, a la gordita impopular, que pasó años practicando, le tocó medirse con las chicas más bellas y exitosas, que nunca vieron a (Tracy) Venezuela como competencia real y, oh sorpresa, en el baile que las llevaría a la fama, hasta bailó mejor y ganó. Por supuesto, las triunfadoras de siempre se quejaron de la disminución de categoría del evento, pusieron a opinar a sus madres, expertas en belleza, danza y esas lides y prometieron afilar sus garras para las próximas justas (que sólo lo serían si volvían a reinar ellas, claro).
Pero, como le pasó a Tracy Turnblad, las victorias no le llegan a la selección por su cara bonita y, si se descuidan, pueden volver a quedarse olvidadas al fondo del salón.

Mientras tanto, disfrutemos de los triunfos tratando de mantener algo de humildad y mostrando nuestra mejor cara: la única que tenemos mientras a las eternas reinas de belleza el maquillaje se les corre de disgusto.

Detesto la “tolerancia”. Me parece asumir una posición cómoda que no compromete tu actitud ante comportamientos o situaciones que, o no entiendes o no te da la gana de aceptar. Sí, sé que mi afirmación es bastante intolerante, pero decidí que no toleraré más nada: lo aceptaré.

“My Princess Boy” es el título del libro que tuve la suerte de conocer, por su autora, uno de esos días que mis hijos me arrastran a ver el “choo-choo” en la librería.

La escritora, mamá del protagonista, narra cómo a su hijo menor, en lugar de gustarle vestir ropa “de varón”, prefiere los tutús, faldas vaporosas, bisutería y accesorios escarchados y de qué manera ella acepta a su hijo y busca que todos, seamos madres, padres, compañeros de colegio o de trabajo de alguien que no se comporta de la misma manera que nosotros, los aceptemos como son.

En una de las partes del libro, ella narra cómo uno de sus compañeros de clase, al verlo en vestido, le preguntó ” ¿eso es una falda?”, y él respondió “sí” y, en seguida, fueron a jugar a su cuarto. Para mí, aceptación no significa ignorar lo que pasa como si no existiera, sino reconocer que hay diferencias y que ser diferente no es ni malo ni un motivo de exclusión.

Cuando mi hijo mayor tenía 4 años, mientras esperaba para ser atendido en el pediatra, se le acercó a una muchacha que pesaba aproximadamente 200 kilos y le preguntó “¿Por qué tú eres tan gorda”? (por supuesto yo rezaba por un tsunami que me barriera de ahí). Ella, le sonrió y le dijo “porque me gusta mucho comer”, y comenzaron a hablar, pintar y hacer más llevaderas las 2 horas de espera. Me di cuenta de que mi hijo no estaba emitiendo un juicio de valor al preguntarle por qué era así, sólo tenía curiosidad. Ser gordo o flaco, para él, no es ni bueno ni malo, sólo vio que la muchacha era distinta y pregunto: eso es aceptar, para mí. Tolerancia se llaman esas personas que ven lo que pasa de reojo. compadecen al “afectado” y hablan de su “desgracia” a su espalda, exaltando sus propias virtudes al creer que no decir nada lo hizo sentir mejor.

Fui criada para ignorar las diferencias. Podía ver a un señor con medio cerebro afuera y no emitir ni un mínimo comentario ni dejar que mi mirada traicionara mi extrañeza, eso era lo que, en mi época infantil, llamaban educación. Demostrar curiosidad ante las personas distintas estaba prohibido.

La generación de mi hijo la tiene más fácil y, a la vez, más difícil. Tienen que ser más sabios, no pueden sólo tolerar las diferencias, tienen que reconocerlas, aceptarlas y vivir con ellas. Por eso trato siempre de decirles: no quiero que toleres a nadie, eso no basta: acéptalos como son y aprecia todas las diferencias que hacen del mundo en que vives un lugar mágico y especial.


Últimamente se ha vuelto popular entre los “Social Media Experts” dar razones y fórmulas mágicas por las cuales tendrás más seguidores en Twitter, lo cual no puedo evitar que me recuerde a las portadas de Cosmopolitan prometiendo amores fáciles y eternos. Hasta leí que venden por e-bay cuentas según el número de seguidores ¿será por eso el auge del follounoporuno ése?

Sin embargo, esos inspirados posts “amansafollowers” me hicieron pensar en lo contrario: ¿por qué dejo de seguir, sin pensarlo, a alguien en Twitter, y éstas fueron las razones, totalmente personales.

-haces publicidad mala e invasiva (aconsejo consultar “Under the Radar”).

-eres racista

-insultas mujeres (aunque no las conozca).

-haces comentarios homofóbicos

-sólo tuiteas feeds

-te crees periódico

-usas Twitter para hacerte publicidad (entiéndase buscar novio-a)

-tuiteas pornografía

-RTeas pornografía

-dices lo mismo muchas veces (auto copy-paste)

-abusas de la autolisonja (“qué bello soy” “qué bueno soy en lo que hago” “soy millonario y uds. no”)

-copias tweets (míos o ajenos)

-protagonizas una mala novela twittera, que incluye chismes, dimesydiretes y yonofuises.

-te “malpegas” con algo o contra algo.

-mandas spam por DM a estas alturas.

Sé que nadie debería dejar de escribir un tweet por miedo a perder seguidores, pero tu libertad de expresión termina donde comienza mi tl.

Aunque a veces tengo que limpiar mi lista de seguidos porque no me alcanza el tiempo ni tengo el span (¿o spam?) de atención necesario para leerlos a todos, siempre dejo abierta la posibilidad de seguirlos de nuevo, a menos que hayan cometido los “pecados” anteriores.