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DSC_0939Hasta ahora, mi “soccermomismo” fue sólo digamos que, un deporte de espectador. Si la ignorancia es bendición, la ignorancia en deportes infantiles es el estado máximo de gracia. Durante las dos primeras aventuras futbolísticas de mi hijo menor yo simplemente seguía a los demás. Llamemos a esa parte de mi involucración “iniciativa cero”.  Me limitaba a inscribir a mi hijo en el mismo club de antes y a esperar, con una mezcla de paciencia y fé ciega, que llegaran los correos electrónicos informando cuándo/dónde/con quién/etc. eran las prácticas y juegos. Ya había asumido que los fines de semana ya no se llamaban así, sino “sábados de fútbol”. Todo sea porque al niño le gusta el fútbol (y es preferible que patee en el campo que dentro de la casa).

Por lo menos la situación ya era más regular. Sabía qué días eran las prácticas, cuál era su equipo y, casi casi, me sabía el nombre del coach. Y, cuando ya casi me acostumbraba a la rutina, ocurrió la tragedia: “Mami, yo también quiero jugar futbol”, sentenció mi hijo mayor. Por supuesto, las dos prácticas eran el mismo día, a la misma hora, en extremos opuestos de la ciudad. Cuando estaba a punto de pedir la calcomanía de Uber para formalizar mis martes y mis jueves, ocurrió un milagro que, por su naturaleza futbolística, debo atribuirle a la iglesia de Maradona:

Todos los sábados a la misma hora, mi hijo menor tenía su “bendito juego de los sábados”. He de aclararles, a los que no lo conocen, que mi hijo no es ni especialmente grande ni fuerte, lo que hace más extraño aún lo que se pasaba: de ser el niñito más dulce y, muy a su pesar. “cute”, al pisar el campo se convertía en Thulhu. Se adueñaba de la pelota, no se la pasaba a nadie y anotaba goles y goles (recuerden el “no hay arquero”, además). A los 20 minutos de esa eternidad donde yo quería que la tierra me tragara, los demás papás me decían “¿Puedes decirle a tu hijo que deje al mío anotar?” “¿cómo haces para que meta los goles, lo entrenas en la casa?”. Y no, no es que mi hijo fuera mini Messi, es que los demás no sabían cómo quitarle la pelota. Tengo que admitir que al principio era hasta divertido. Pero sólo al principio.

Cuando ya no sabía en qué hueco meterme (y a Kiki conmigo) el coach del equipo que jugaba inmediatamente después de nosotros se me acercó. Por supuesto, yo pensé: “¿qué habrá hecho Kiki ahora que lo van a botar”? Pero no, con una cordialidad y simpatía de la cual yo no creía a Kiki merecedor, me preguntó “¿No crees que tu hijo quiera jugar con niñitos un poco más grandes”? “Nosotros practicamos en (inserte aquí el mismo sitio donde practica mi hijo mayor)”.

No había terminado de preguntar y yo ya le estaba presentando a Kiki a su nuevo coach. La prueba de que los milagros existen, hasta en el fútbol infantil. DSC_0939

“Tranquilo, nada está bajo tu control” debería ser el mantra de todos los padres con niños en deportes en equipo. Yo, que me creía veterana por de sobrevivir una temporada, me sentía como si hubiera llegado a una película europea que empezó hace media hora.

Desde averiguar en qué grupo iba a jugar hasta enterarse de quién era el entrenador eran tareas propias de “The Amazing Race”. Llegué a al campo en el día marcado de “inicio de las prácticas” y comencé la peregrinación, de entrenador en entrenador. Todos los niñitos parecían de la misma edad, así que no entendía cuál era el criterio para agruparlos. Lo bueno es que ellos tampoco. Así que lo solté en el último grupo donde pregunté, y me senté a ver “la práctica”:

Además del “coach” había un número de “Mi hijo es el próximo Messi/Alex Morgan” co-entrenando. Si prestarle atención a un maestro es casi imposible para un niño de 6 años, imagínense a dos.  Desde donde yo lo veía, el ejercicio parecía consistir en tratar de aplastar la pelota, un pie a la vez. ¿O sería pararse sobre ella? Después de media hora de aplastada de balón. Comenzó un tal “Scrimmage”. Qué misterio. Los papás decían “ya falta poco para que termine el “Scrimmage”, “mi hijo metió dos goles en el “Scrimmage” (y pronúncienlo totalmente con “native English accent”: scrmagh). La palabra misteriosa define cuando ponen a jugar a los niñitos: les ponen los “pinnies” (las franelilas de malla sin mangas. De nada) a uno de los dos equipos y realmente juegan. Aún sin arqueros. Pero juegan.

Si no fuera porque estoy segura de que para cuando lo termine, las cosas cambian otra vez, escribiría un “Soccer Parenting for Dummies”.

Finalmente me enteré de quién era el entrenador y, mejor aún, de quiénes eran los compañeritos de equipo: cuando tenían los “juegos” (sí, entre distintos equipos) los sábados. Busqué a los que tenían el “jersey” (nombre técnico de la camiseta de fútbol) del mismo color, le pregunté a un señor que parecía saber lo que estaba haciendo si mi hijo estaba en su equipo y “lo entregué”. Y comenzó el “¿juego?”.

No, No hay arquero. Sí, pregunté. No, no importa si ganan o pierden. No, tampoco importa si se sientan en el medio del campo a recoger margaritas mientras los demás juegan. No. No es competitivo. ¿Cómo va el juego? ¿Ah? ¿Los goles? No sé. Como que nadie llevaba la cuenta.

Lo más divertido era el contraste entre los papás de Lio y Alex y los que llamaré “recoge margaritas”. Los primeros gritaban instrucciones cual Luis Enrique. Los segundos simplemente pretendían no estar allí. “Bueno, es apenas el primer juego”, pensé. “Y el segundo”. “Y el tercero”. Hasta que terminó la temporada.

¿Quién ganó? Todavía no sé. Y creo que ni el coach ni los otros padres tampoco.

Quizás los que ganaron fueron los que tenían que ganar: los niños que, definitivamente, tienen mucho que enseñarnos sobre la importancia -o falta- de ser competitivos.

2014 no ha sido mi mejor año. Más bien ha hecho todos los esfuerzos para convertirse en el año que más preferiría olvidar.

Si hace exactamente un año me hubieran dicho que en menos de 365 días ya no tendría ni papá ni mamá, seguramente me habría reído del “profeta”, negándome a imaginarme a mí misma como “huérfana”.Si me hubieran contado que me enteraría de que mi mamá se murió mientras veía “The Lego Movie” en un avión, no hubiera seguido oyendo.

Dicen que perder a los padres es ley de vida: como llegaron primero, deben irse antes. Por lo que me creía “preparada”. Mentira, uno nunca está realmente listo para decirle adiós a algo que es parte de ti. Para ver a quienes te enseñaron a montar bicicleta apagarse lentamente. Para despedirse de quienes no dormían esperándote de una fiesta, metidos en una caja de madera.

Parte de mí se avergüenza de haber sido egoísta y no querer que se murieran aunque estuvieran sufriendo mucho. Esa misma parte que nunca quiso dejar de ser “hija”. Otra parte, un poco más racional, celebra que por fin hayan dejado atrás las enfermedades y los dolores. Pero cómo cuesta.

Espero que esa misma Ley de vida que dicta que perderemos a nuestros padres tenga entre sus reglamentos mecanismos para que duela menos. Para que no se te agüen los ojos cuando te pones el manos libres y te das cuenta de que ya no tienes a quién llamar. Para que no se te haga un nudo en la garganta cuando lees sobre historia de España, o cambian a un personaje de “Law and Order”, y no tienes con quien comentarlo.

Porque, a pesar de lo que diga esa ley, estoy segura de que nadie quiere dejar de ser hijo. Nunca.

Guayabitos

Qué difícil es escribir sobre mis visitas a Caracas. Quiero hacerlo cada vez que voy a esa ciudad que se parece tanto a donde nací y crecí, pero que me trata como a un conocido incómodo que tiene que aguantar por compromiso. Quizás es mi culpa: quiero que cada visita sea un viaje en el tiempo a épocas menos complicadas (la culpa es de Dr. Who). Extraño algo que no existe. Y, por supuesto, nada es más bello que aquello que sólo existe en tus recuerdos.

Creo que “mi” Caracas es algo así como Jim Morrison o Jimi Hendrix, trato de no imaginármela vieja o achacosa. Quisiera que el tiempo se hubiera detenido en su (o mi) mejor época y pienso en eso, hasta que mi hijo menor, sentado en mi regazo, se mueve para abrazarme y me hace imposible alcanzar las teclas. Mágicamente logra que desear viajes a otros tiempos pierda todo el sentido y que me dé cuenta de que la nostalgia es sólo un mal necesario.

Claro, es más fácil decir “Caracas ha cambiado mucho” que  reconocer que “Carmen ya no es la misma”.

 

 

(Foto de Alberto Rojas, CaracasShots)

Sobre “Caracas muerde”, de Héctor Torres.

“Caracas muerde” es el último libro escrito por Héctor Torres. Héctor, a quien considero amigo personal a persar de sólo conocerlo por textos y fotos. Puede que ser porque una vez más logra con sus relatos esa, no sé, incomodidad familiar que sólo se siente en Caracas, con gente que conoces “de toda la vida”.

Cada uno de los cuentos es un mini tour, o re visita en mi caso, por los lugares de Caracas que son conocidos pero nunca comunes. SIentes que estudiaste o trabajaste con los protagonistas. Lector, quizás, pero espectador nunca.

El primer relato puede que sea mi favorito, “Un malandro caraqueño”: ¿Qué venezolano en el exterior no se ha sentido Súperman ante una situación donde los “locales” parpadean?, es casi una autobiografía potencial.

Declaraciones como “En este país nadie lee” me hacen sonreír. Todos creemos leer más que los demás, ¿o no? “Tarde de Metro con Foro Social como Marco” es genial. Léanlo y decidan de qué lado del vagón estaban, y están ahora.

Cada narración te toca de una manera o de otra, unas te acarician, otras, tal cual, te “coñacean”. Como Caracas.

Ser parte de esta “hermandad” caraqueña no es fácil. Caracas es como un perrito callejero a quien le tienes mucho cariño. Te trata bien porque sabe que lo quieres, pero, de un momento a otro, puede aflorarle lo salvaje y dejarte sin un dedo.

SI quieren conocer aún mejor a Caracas, no dejen de visitar el blog fotográfico de Alberto Rojas, http://caracasshots.blogspot.com/

I had to come all the way from the highway and byways of Tallahassee, Florida to MotorCity, Detroit to find my true love. If you gave me a million years to ponder, I would never have guessed that true romance and Detroit would ever go together. And til this day, the events that followed all still seems like a distant dream. But the dream was real and was to change our lives forever. I kept asking Clarence why our world seemed to be collapsing and things seemed to be getting so shitty. And he’d say, “that’s the way it goes, but don’t forget, it goes the other way too.” That’s the way romance is… Usually, that’s the way it goes, but every once in awhile, it goes the other way too.” Alabama Worley.

Antes de esta época de conocimiento retroactivo instantáneo facilitada por la internet, enterarse de la existencia de películas que no trajeran las grandes distribuidoras a Venezuela era una proeza. Se trataba de contrarrestar una cartelera llena de “Locademias” y “Nerds” con horas de investigación en revistas prestadas, cacería de pasillos en video clubs y recomendaciones. Sin embargo, el promedio de éxito era bastante bajo, sobre todo porque a veces las distribuidoras tenían razón al no estrenar determinado filme (Boxing Helena, por ejemplo).

Reinaba el VHS y como emperador de ese incomodísimo formato se coronó una tienda en Altamira, que lucía uno de los mayores homenajes a la cursilería que recuerdo en la ya súper cursi Caracas: una “estatuota” del Óscar como de papier maché dorado.

Ese local fue uno de las primeras en ofrecer pasillos de películas “importadas” (como si en Venezuela si hiciera tanto cine). Dentro de ese género/estantería, descubrías carátulas de películas de cine francés más allá de Delicatessen, te enterabas de la existencia del  “nuevo” cine danés y veías a tus actores “gringos” típicos en películas que parecían inventadas.

Una mañana de sábado irresponsable decidí, en lugar de ir a matarme al gimnasio, pasar el rato buscando películas para el fin de semana. Durante 2 horas leí las cajas de VHS tratando de elegir. Qué difícil.

Resignada, agarré cualquier cosa de cine de autor (sueco del difícil, antes de las películas de libros de Larsson) y, de repente, una mano salió de la nada y me arrebató la caja. Cual galán de las películas que trataba de evitar, el dueño de la mano exclamó: “Tienes que ver esto ya”.

La memoria es mejor embellecedor que el photoshop y el alcohol juntos. Debe ser por eso que recuerdo al crítico improvisado de VHS como un tipo bien atractivo, sobre todo porque me presentó al que sería uno de los amores de mi vida: “True Romance“.

Ni leí de qué trataba. Sonrojada y algo emocionada con la atención recibida, llegué a mi casa y prendí el VH de mi cuarto, como si se tratara de una cita a ciegas con ese desconocido de hace pocas horas. Una cita memorable.

Ahora todo el mundo sabe quién es Quentin Tarantino y si no han oído hablar de Roger Avary, una googleada lo resuelve. Lamentablemente, hoy todos conocen a Tony Scott. Pero durante esa época esa película fue, para mí, una epifanía. El nombre, los personajes, los nombres, los diálogos y, sobre todo, la música. Cuando trataba de explicar de qué iba el filme, concluía recomendando “Mejor vela tú mismo”.  20 años después, aún lo hago.

En mi opinión Tony Scott fue un magnífico director (y no precisamente por Top Gun). Quizás los críticos y las academias nunca le den a “True Romance” el mismo puntaje que al “Gladiator” de su hermano, pero a mí me gusta bastante más.

 

 

 

Si mi estado natural no fuera un “estoy a dieta” eterno me alimentaría a base de pan y pasteles. “Canilla” de panadería venezolana y pastelitos de papa (andinos, de ser posible).

Pero, por supuesto, después de la final de la EURO 2012, no vienen a mi mente los exquisitos pasteles ni las panaderías, sino el peyorativísimo término “pastelero” y los todo menos “panas” que lo usan.

Cada evento deportivo internacional, los venezolanos estamos condenados a sufrir: no siempre contamos con representantes que mantengan viva nuestra esperanza de llegar a una final, sobre todo si ese evento es la EURO y nuestro país pertenece a latinoamérica. Como si eso no bastara, si se nos ocurre simpatizar con un equipo con el que sólo nos unen los poco nobles nexos de simpatía somos agredidos.

Durante cada uno de esos sucesos, el país se divide en dos ¿equipos?: 1.- los “Orgulloso de NO ser 100% venezolano como tú” (también conocidos como los “muéstrame tu árbol genealógico para admitirte en este selecto grupo”) y 2.- los “Todo el que apoye a un equipo no venezolano es traidor”.

En algo están de acuerdo estos dos archi rivales (nuestros, no entre sí): nadie tiene derecho a ir al equipo que ellos no consideren está dentro de sus “opciones”. Cual sistema de castas, sólo puedes o bien ser hincha del equipo del país donde naciste o apoyar al del país de tus padres (previa presentación de pasaporte o DNI, claro).

El frenesí de cada partido activa un sistema de comentarios de este estilo: “ojalá así apoyaran al equipo de bolas criollas” “¿y éste por qué dice que Ramos juega bien si a su prima la rebotaron de Barajas?”

Fastidiosos, ¿no? Pero, en mi opinión, los peores inquisidores del fútbol “no venezolano” son los inventores del término “pastelero”: donde caen los incautos que osan no quedarse en las castas instituidas por estos Fan-nazis. Esta patrulla del fanatismo llama “pastelero” a quien se atreva a emocionarse sin tener derecho a ello. Las sanciones de estos policías/jueces/verdugos expeditos consisten en crear argumentos, siempre absurdos, para contrarrestar las expresiones de emoción de los “indignos”, y tildarlas de “pastelerismos”. Claro, porque ellos son “de la casta superior” a la que los parias nunca tendrán acceso.

Tontos! el fanatismo no pide pedigree ¿La inspiración de la Vinotinto son sólo jugadores venezolanos?

Les cuento algo: si a uno no pueden obligarle a querer a la familia, menos me van hacer apoyar a un equipo “porque sí” y tampoco van a lograr que deje de gustarme otro “porque no es venezolano” o porque “yo no tengo pasaporte burundés”.

Los equipos sin fanáticos no existen. No imagino a los jugadores del equipo español o italiano creando una lista de requisitos para apoyarlos. Ni mi papá, español (no sólo de pasaporte), ni mis queridos vecinos, portuguesísimos, cuestionaron el amor  de los venezolanos “de pura cepa” por sus equipos . Creo que si me vieran a mí haciéndolo no entenderían. En realidad yo tampoco entiendo.

Ayer leí una de las declaraciones más tontas que he visto últimamente “No felicito a nadie si no tiene pasaporte europeo” y pensé que, sólo en eso, soy más estricta: no felicito a nadie si no jugó en el partido.

 

 

Como Social Media In-Expert confesa, quiero compartir “en voz alta”, algunas reflexiones después de más de 20 años trabajando en publicidad y unos pocos ¿aprendizajes? en esto que llaman “social media”:

-Siempre creo que la palabra “gurú”, usada como adjetivo, es un chiste que el denominado así no entendió. Antes de aceptar que los llamen “maestro espiritual o jefe religioso” o “Persona a quien se considera maestro o guía espiritual, o a quien se le reconoce autoridad intelectual” piensen en si tienen suficientes méritos para eso o sufren de una enorme falta de modestia. (Definición de la RAE)

-Cada vez que leo “experto en social media” o “bloguero” no puedo evitar transportarme a la -dudosamente- gloriosa época del .com. Tal y como, en mi opinión era en esos tiempos el .com, tanto el SM como los blogs son (nuevamente, en mi opinión) nuevos medios donde expresarte o transmitir tu mensaje, sea como persona o como empresa. Si eras vendedor, el .com te dio un nuevo canal de ventas, pero si no tienes idea de cómo vender, no hay site que te salve. Igual pasa con los blogueros que no saben escribir o no tratan temas interesantes, estar en la web es como haber impreso un libro, quizás financiado de tu bolsillo, que a nadie le interesa leer. No importa que el SEO te ponga de primero, si a la gente no le interesa lo que vendes, sobre lo que escribes, o tú, no sirve. Igual que en la “vida real”, ¿no?

-En la “vida real” a nadie aguanta a una persona que esté todo el día hablando sobre sí misma, sus logros, lo guapo que es y cuánto lo quieren los demás, sin interesarse jamás por quienes lo rodean. Entonces, ¿por qué habría de gustarle una marca que haga lo mismo? Hagan publicidad en los medios sociales (de algo tienen que vivir esas páginas), pero adapten el mensaje a un medio no apto para monólogos ni auto elogios. Aprovechen esos “focus groups” automáticos estableciendo un diálogo con sus compradores y quien sabe si, al saberse escuchados, se transforman en sus mejores vendedores. ¿O nunca han pensado en porqué se llama SOCIAL Media?

-Si me vas a hablar en un sitio donde me siento cómodo, hazlo de algo que tenga que ver conmigo: ¿cómo puede interesarle a alguien que entra a cualquier medio social a ver las fotos de su sobrino las mejoras en el motor de un automóvil? Sería como pautar un aviso de acumuladores en Vogue. Luego no digan que lo que no sirve es Facebook o MySpace (eso último fue un chiste). Nunca ha visto un “One Show” de los mejores publireportaje (a mí me parecen aburridísimos) y ponerlos en un sitio “de moda” no va a hacer que aumenten su poder. Si es fastidioso no sirve. Punto.

-Los avisos o son buenos o son malos. Pautar en primera página full color en un diario de circulación nacional una nota de prensa no la hace más emocionante (aunque no faltará quién me recuerde la hazañas de Don Draper). Publicarla “promoted” en Facebook sólo hará que esconda la historia y quien sabe si hasta deje de gustarme la marca. Si no pueden hacer buenos avisos contrata a un creativo que los haga. Al igual que en los .com, siempre fuiste creativo y ahora también creas para SM. Recuerden que según el tío Leo, en publicidad el peor pecado es ser aburrido. Debería ser el primer mandamiento para todos los medios.

-¿Le tienes miedo a los ataques? ¿Tienes algo que ocultar como marca y no quieres que nadie lo mencione? Entonces, lamentablemente, el SM no es para ti. Pero, peor aún, tampoco lo es esta época. Nada de lo que hagas como marca es “sagrado”. Aunque decidas que no estás preparado para responder ataques en medios sociales, si tengo algo contra ti encontraré la manera de hacértelo saber, y en el camino se enterarán todos mis amigos, colegas, seguidores, suscriptores de mi blog, etc. En mi opinión, te conviene estar disponible para responder. Claro, es sólo mi opinión.

-Todos los mensajes tienen (o deberían) estar adaptados al medio donde se transmiten. Si nunca pautarías una “Memoria y Cuenta” en un medio de “entretenimiento”, ¿de verdad crees que Facebook, Twitter o G+ son los mejores lugares para hacerlo?

-Social Media es un medio más: no sé si es porque los posts de Facebook o tweets no tienen un costo inmediato de pauta que se les da tan poca importancia, pero, piénsenlo bien: si supieran que ese “aviso” va a ser leído por 10.000 personas, ¿lo publicarían?

Esta lista desordenada ha estado dando vueltas en mi cabeza por un tiempo y, para que se quedara tranquila, la escribí.

Si quieren agregar alguna reflexión/pensamiento o aprendizaje, anótenlo en los comentarios. Gracias!

 

 

Desde que recuerdo, siempre me ha encantado leer. Quizás porque no había tantos programas de TV ni existían las computadoras, o porque en mi casa el único video juego que existió fue el primer Atari mi manera de pasar el tiempo libre era leyendo. Tanto, que cuando en cualquier formulario me preguntaban mis “hobbies” mi primera respuesta era “leer”.

No me refiero a obras maestras de la literatura ni a tratados filosóficos: la biblioteca de mi casa tenía desde las obras de Ortega y Gasset hasta “El Tercer Ojo” de Lobsang Rampa, y pasaba por las ediciones de bolsillo de Agatha Christie, historias del inspector Maigret, todas las revistas de “Alfred Hitchcock presenta” y unos cuentos tristísimos que olían a polvo, de Somerset Maugham.

Podría narrar cronológicamente mi infancia y juventud según los libros que leía. Por eso, me extraña tanto que, para mi hijo mayor, leer sea considerado una tarea o, peor aún, un castigo.

“¿Mami, si leo me dejas jugar con el Nintendo?” es casi una pregunta diaria en mi casa. “Leí 20 minutos, ¿ahora puedo hacer otra cosa?” “Ya en la escuela leemos suficiente” es parte de su guión diario. Y no es que lean “Platero y yo” (de lectura obligatoria en mi niñez y fastidiosísimo a cualquier edad). Comienzan con las obras del Dr. Seuss, quién escribió libros infantiles para enseñar a leer porque se dio cuenta de que ninguna de las obras recomendadas para esto resultaba interesante para los niños. Tienen acceso a historias divertidas y hasta algo escatológicas para los estándares del Colegio del Opus Dei donde estudié. Pero, ni así. No he encontrado la forma de hacer que mi hijo tenga una relación amorosa con la lectura tan hermosa como la mía y me frustra que un niño tan inteligente como él (modestia aparte) no aproveche las ventajas que le dará leer con gusto.

He pedido consejos en la escuela, en la biblioteca pública, foros de Internet, etc. La televisión está alejada y las computadoras sólo las usa para investigaciones. Por mi parte, dejé de usar lectores electrónicos y volví a los libros físicos para que viera que estaba leyendo. Le leo historias escogidas por él, pero nada.

Quizás mi error está en querer que mi hijo disfrute con las mismas cosas que me hacen feliz y debo dejarlo escoger sus propios amores. A lo mejor si sólo me ve jugando Zelda, por llevarme la contraria lea todo lo que hay en la biblioteca ¿Resultará darle una sobredosis de telenovelas mexicanas para que, harto, no quiera oír más tv en su vida?

Claro, yo me preparo para un milagro y uso eso como excusa para estar al día con los libros “de moda” entre su generación: ¿Ya leyeron “The Hunger Games”?

 

Desde que comenzó la furia de las redes sociales siempre he pensado que la única manera de justificar el uso o presencia en más de una es alimentándolas con contenido diferente. ¿Cuál es el objetivo de repetir el mismo post en 2o redes distintas si básicamente te sigue la misma gente? Quizás, como empresa, la misma información es relevante para tus clientes en varios medios. Claro, siempre que la estructura de ese medio o red lo permita.

Entiendo que Twitter, Google+ y Facebook pueden admitir, si no el mismo contenido, por lo menos cierto formato común. Pero, ¿Linkedin? ¿Cuál es el sentido de publicar updates totalmente personales en una red autodenominada “profesional”? por ejemplo.

Existen las fronteras, escritas o no. Si todas esas redes sirvieran para lo mismo (o las usáramos para lo mismo) perderían todo el sentido.

Toda esa introducción de social media expert wannabe es para referirme al boom de Pinterest. Cuando una de mis amigas me invitó a esta red, me la explicó de una forma bastante sencilla: es un sitio donde “pegas” las cosas que te gustan y puedes separarlas por categorías en “boards” que tú creas. Además, puedes elegir seguir todos los “boards” de alguien o sólo los que te gusten.

Pensé: “perfecto”. Como coleccionista de imágenes bellas e inutilidades divertidas me sentí inmediatamente target de Pinterest y comencé a usarlo con mis amigas de gustos similares. Mis boards iban desde “cosas que me gustan” hasta “creepy stuff”, pasando por “really?” (me pareció de mal gusto bautizar el board “WTF”), y seguí actualizándolo con cierta regularidad. Debo confesar que la consideraba una de las redes sociales más “relajadas”, como un corcho moderno donde en lugar de pegar postales de películas de cine o fotos de tus lugares favoritos, pegas sus versiones digitales.

De un día (o semana) para otro, todo el mundo comenzó a hablar de Pinterest. No me considero exageradamente “early adopter”, pero me extrañó que algo que venía usando hace casi un año comenzara a mencionarse tanto tiempo después. Pensé, ¿será que lo compró Google y no me enteré? ¿O Icahn?, pero no, simplemente algunos líderes de opinión en SM consideraron que la herramienta valía la pena y comenzaron a reseñarla, con las (favorables) consecuencias que eso trajo.

Por supuesto, para que una red social sobreviva tiene que ser conocida, atraer público y encontrar formas de hacer dinero. A pesar de la hipócrita postura de Zuckerberg en “The Social Network”, que sea cool no basta y muchos retailers encontraron en Pinterest una manera fácil e interesante de mostrar sus catálogos, uso que, en mi opinión, es perfecto para “pegar” en esos corchos virtuales.

Lo que sigo sin entender (recuerden que no soy experta en redes sociales) es porqué algunos insisten en convertir Pinterest en Twitter, Facebook, Google+ o, peor aún, Linkedin. En mi opinión Pinterest es totalmente visual y de fácil lectura. No la entiendo como marco de cifras comparativas de la pobreza en distintos países de América Latina. Puedo aceptar malos chistes gráficos y fotos cosplay espantosas, pero infografías del crecimiento per cápita del consumo de opiáceos, no. Si estuviera en el colegio, Pinterest no me parecería un lugar para estudiar.

Como leí por ahí, cada red es lo que tú quieres que sea. Por ahora, como “persona natural” trato de tener mis fronteras si bien no defendidas con muros de Berlín, delimitadas:

En Facebook: interactúo con mi familia y amigos, veo fotos de mis amigos y de sus bebés, me entero de matrimonios, divorcios, acontecimientos felices o tristes. Es una manera de seguir en contacto con amigos que físicamente están lejos.

En Twitter: comparto opiniones y enlaces que me gustan. Expreso mis malos y buenos humores, debato sobre política, comento eventos y hago críticas, casi siempre relacionadas con lo que sucede en mi país de origen: Venezuela. Es la única red social donde me permito hablar de política, un límite que me puse conscientemente pensando que, en la vida real, hay lugares donde se habla del gobierno y lugares donde no.

En Google+: mezclo un poco de todo, desde compartir fotos personales con círculos de amigos hasta comentar campañas publicitarias geniales, trabajos fotográficos que me gustan y la canción que acabo de escuchar en la radio. Me gusta abrir discusiones sobre temas, si bien no tontos, tampoco muy profundos como cuáles son las mejores frases de la literatura es español, por ejemplo. La política, aquí, para mí no existe. No escribo mis opiniones al respecto ni comparto noticias relacionadas con esto. Por lo menos por ahora.

En Linkedin: establezco conexiones laborales. Si está prohibido por la ley preguntar en una entrevista de trabajo si soy casada, tengo hijos o mi edad, ¿por qué querría publicar algo relacionado con esos tópicos?

En Pinterest: pongo (o “pineo”) lo que me gusta o me llama la atención. Trato de mantenerme lo más “gráfica” posible. Aunque disfruto escribir intento que mis boards sean lo más visuales posible ya que creo que una de las ventajas de esta red es que permite ser “hojeada” (del verbo “hojear“) fácilmente. No me imagino leyendo un tratado filosófico en el corcho de mi cuarto.

Claro, esa es sólo mi opinión personal. Tan personal como debería ser nuestra presencia en cada red.