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Berkeley

DSC_0939Hasta ahora, mi “soccermomismo” fue sólo digamos que, un deporte de espectador. Si la ignorancia es bendición, la ignorancia en deportes infantiles es el estado máximo de gracia. Durante las dos primeras aventuras futbolísticas de mi hijo menor yo simplemente seguía a los demás. Llamemos a esa parte de mi involucración “iniciativa cero”.  Me limitaba a inscribir a mi hijo en el mismo club de antes y a esperar, con una mezcla de paciencia y fé ciega, que llegaran los correos electrónicos informando cuándo/dónde/con quién/etc. eran las prácticas y juegos. Ya había asumido que los fines de semana ya no se llamaban así, sino “sábados de fútbol”. Todo sea porque al niño le gusta el fútbol (y es preferible que patee en el campo que dentro de la casa).

Por lo menos la situación ya era más regular. Sabía qué días eran las prácticas, cuál era su equipo y, casi casi, me sabía el nombre del coach. Y, cuando ya casi me acostumbraba a la rutina, ocurrió la tragedia: “Mami, yo también quiero jugar futbol”, sentenció mi hijo mayor. Por supuesto, las dos prácticas eran el mismo día, a la misma hora, en extremos opuestos de la ciudad. Cuando estaba a punto de pedir la calcomanía de Uber para formalizar mis martes y mis jueves, ocurrió un milagro que, por su naturaleza futbolística, debo atribuirle a la iglesia de Maradona:

Todos los sábados a la misma hora, mi hijo menor tenía su “bendito juego de los sábados”. He de aclararles, a los que no lo conocen, que mi hijo no es ni especialmente grande ni fuerte, lo que hace más extraño aún lo que se pasaba: de ser el niñito más dulce y, muy a su pesar. “cute”, al pisar el campo se convertía en Thulhu. Se adueñaba de la pelota, no se la pasaba a nadie y anotaba goles y goles (recuerden el “no hay arquero”, además). A los 20 minutos de esa eternidad donde yo quería que la tierra me tragara, los demás papás me decían “¿Puedes decirle a tu hijo que deje al mío anotar?” “¿cómo haces para que meta los goles, lo entrenas en la casa?”. Y no, no es que mi hijo fuera mini Messi, es que los demás no sabían cómo quitarle la pelota. Tengo que admitir que al principio era hasta divertido. Pero sólo al principio.

Cuando ya no sabía en qué hueco meterme (y a Kiki conmigo) el coach del equipo que jugaba inmediatamente después de nosotros se me acercó. Por supuesto, yo pensé: “¿qué habrá hecho Kiki ahora que lo van a botar”? Pero no, con una cordialidad y simpatía de la cual yo no creía a Kiki merecedor, me preguntó “¿No crees que tu hijo quiera jugar con niñitos un poco más grandes”? “Nosotros practicamos en (inserte aquí el mismo sitio donde practica mi hijo mayor)”.

No había terminado de preguntar y yo ya le estaba presentando a Kiki a su nuevo coach. La prueba de que los milagros existen, hasta en el fútbol infantil. DSC_0939

“Tranquilo, nada está bajo tu control” debería ser el mantra de todos los padres con niños en deportes en equipo. Yo, que me creía veterana por de sobrevivir una temporada, me sentía como si hubiera llegado a una película europea que empezó hace media hora.

Desde averiguar en qué grupo iba a jugar hasta enterarse de quién era el entrenador eran tareas propias de “The Amazing Race”. Llegué a al campo en el día marcado de “inicio de las prácticas” y comencé la peregrinación, de entrenador en entrenador. Todos los niñitos parecían de la misma edad, así que no entendía cuál era el criterio para agruparlos. Lo bueno es que ellos tampoco. Así que lo solté en el último grupo donde pregunté, y me senté a ver “la práctica”:

Además del “coach” había un número de “Mi hijo es el próximo Messi/Alex Morgan” co-entrenando. Si prestarle atención a un maestro es casi imposible para un niño de 6 años, imagínense a dos.  Desde donde yo lo veía, el ejercicio parecía consistir en tratar de aplastar la pelota, un pie a la vez. ¿O sería pararse sobre ella? Después de media hora de aplastada de balón. Comenzó un tal “Scrimmage”. Qué misterio. Los papás decían “ya falta poco para que termine el “Scrimmage”, “mi hijo metió dos goles en el “Scrimmage” (y pronúncienlo totalmente con “native English accent”: scrmagh). La palabra misteriosa define cuando ponen a jugar a los niñitos: les ponen los “pinnies” (las franelilas de malla sin mangas. De nada) a uno de los dos equipos y realmente juegan. Aún sin arqueros. Pero juegan.

Si no fuera porque estoy segura de que para cuando lo termine, las cosas cambian otra vez, escribiría un “Soccer Parenting for Dummies”.

Finalmente me enteré de quién era el entrenador y, mejor aún, de quiénes eran los compañeritos de equipo: cuando tenían los “juegos” (sí, entre distintos equipos) los sábados. Busqué a los que tenían el “jersey” (nombre técnico de la camiseta de fútbol) del mismo color, le pregunté a un señor que parecía saber lo que estaba haciendo si mi hijo estaba en su equipo y “lo entregué”. Y comenzó el “¿juego?”.

No, No hay arquero. Sí, pregunté. No, no importa si ganan o pierden. No, tampoco importa si se sientan en el medio del campo a recoger margaritas mientras los demás juegan. No. No es competitivo. ¿Cómo va el juego? ¿Ah? ¿Los goles? No sé. Como que nadie llevaba la cuenta.

Lo más divertido era el contraste entre los papás de Lio y Alex y los que llamaré “recoge margaritas”. Los primeros gritaban instrucciones cual Luis Enrique. Los segundos simplemente pretendían no estar allí. “Bueno, es apenas el primer juego”, pensé. “Y el segundo”. “Y el tercero”. Hasta que terminó la temporada.

¿Quién ganó? Todavía no sé. Y creo que ni el coach ni los otros padres tampoco.

Quizás los que ganaron fueron los que tenían que ganar: los niños que, definitivamente, tienen mucho que enseñarnos sobre la importancia -o falta- de ser competitivos.

kikisoccer1Apréndanse esto: el deporte que veía tu papá los domingos en VTV no se llama fútbol. Se llama “soccer”. Fútbol es al que tú le decías “fútbol americano”. Ya. Fin del tema. Aunque confieso mi insistencia en seguir llamándolo football.
Mi transplante a EE.UU. había resultado bastante indoloro en términos de actividades deportivas. Mi hijo mayor, cuando sus compañeros se uníeron a equipos de béisbol o fútbol (perdón, soccer), admitió que prefería los deportes individuales. Así que disfruté de unos años de tranquilidad dedicados sólo al karate: dos horas a la semana. Admito que notaba, angustiada, a las otras mamás siempre apuradas en llegar a unas cosas llamadas “prácticas”, y sus fines de semana, eran una continuación de la semana por unos tales “juegos”; algunas veces a la misma hora de entrada a clases. De lejos, lo que les pasaba era para mí como la gripe y los piojos: no le da a todo el mundo, pero cuidado porque está “en el aire”.
Me repetía frases como “suenan oprimidas”. “Yo nunca seré así”. “Debe ser porque ellas son americanas y yo no”. Con esos aires de superioridad de quien se cree dueña del tiempo de sus hijos o, peor aún, de su propio tiempo.
Así, cuando celebraba haber sobrevivido la escuela primaria sin que el virus me atacara, llegó el equivalente al Apocalipsis Zombie: mi hijo menor descubrió el Soccer. “Caramba, Kiki. No es soccer, es fútbol” fue la primera de las batallas que perdí contra su persistencia soccerística. Empezó tranquilo, en un grupo pequeño de niñitos entrenados por un papá genial. Tan fenomenal que hizo que preguntara ¿”Y por qué nosotros no jugamos contra otros niñitos”? En ese momento supe que no había vuelta atrás. Había sido mordida. Me iba a transformar en una “soccer mom”.

Sin mucha investigación, encontré un club dónde inscribir a Kiki (léase, le pregunté a las soccer mamás veteranas dónde jugaban sus niños) y descubrí que todo lo que creía saber viendo fútbol “de verdad” no servía para nada. No, no era el idioma solamente . Era el “sólo diviértanse, no hay que ganar”, “no hace falta arquero porque la portería es muy pequeña” y  el “Si el niño no quiere jugar sino sentarse a ver mariposas, déjenlo”. No puedo negar lo divertido que resultaba ver a 10 niñitos (5 por equipo) tratando de coordinar qué hacer con la pelota, los pies y la grama. Entender cuál de las dos porterías era la de su equipo era más difícil que la Ley de Gravitación Universal a los 5 años. Ahí aprendí que “Own Goal” era la traducción de “Autogol”. Y que había tres categorías de soccer parents de niños de 5 años:

1.- Los “primerizos” (como yo) que no terminábamos de entender ni siquiera a cuál equipo pertenecía su hijo.

2.- Los “sólo quiero que se divierta y que no me molesten durante una hora”. Generalmente padres de niños que se sentaban a ver mariposas. Ver mariposas. Literalmente a eso. En el medio del partido.

3.- Los “estoy seguro de que mi hijo es el próximo Leo Messi o la próxima Alex Morgan”. Estridentes.  Generalmente bilingües, con consejos totalmente obvios como “Quítale la pelota Fulanita”, o “Pressure, Menganito”.

Al final de esa temporada, me di cuenta de varias cosas importantes:

Que estaba condenada a, por lo menos, una temporada más de soccer.

Que había aprendido unas frases útiles ,en inglés, para que pareciera que le prestaba atención al juego: “pressure”, “good defense”, “beautiful pass”. Con esas tres frases sobreviviría, por ahora.

Que no tenía una idea clara de quién era el entrenador oficial de mi hijo.

Esoerando que esas nociones fueran mi GPS durante la próxima temporada, me despedí de mis XXXX entrenadores y le recé al Dios del Fútbol para que me guiara con claridad de aquí en adelante. Aún no sé si la estampita a la que le recé tenía a Messi o a Pelé. Pero creo que resultó. Creo.

<Continuará>

 

 

Larry Clark, el cineasta, fue el primero en presentarme la palabra “bully”. Me preguntaba cómo habían hecho para ponerle el título de la película al español, ya que el término, aunque muy utilizado es súper difícil de traducir.

Hasta que finalmente, después de casi 4 años viviendo en EE.UU. encontré la traducción perfecta para esa palabra: “Bully”, en español, es “cobarde”.

Resulta que, de unos años para acá, aquí todo es considerado “bullying”. La amplitud del término incluye desde burlarse de unos zapatos hasta meter a un compañero de clases en la papelera durante el recreo. Cómodo, ¿no? El racismo es bullying, la burla, bullying, no querer jugar con otro niño en el recreo, bullying también. Entonces, ¿dónde queda ese “verdadero” bullying? Sí, ése que en Venezuela llamaban algo como “caribeo”, el maltrato continuo por parte de un “caribeador” hacia los que -cree él- son más débiles.

Una niña en la escuela lloraba desconsoladamente y, al preguntarle por qué se sentía así, contestó, señalando a un grupo a lo lejos “me dijeron que era una bully porque no quise jugar con ellas”

A mi hijo y a un compañero intentaron meterlos en la papelera durante un recreo. Sí, eso también es considerado “bullying”. La mamá del otro niñito, una tipa extraordinaria, se sintió tan impotente que lloró. Yo, presumiendo de una dureza latina que creo haber olvidado en Caracas, traté de tranquilizarla: “sólo están en 2do. grado… no pasa nada”.

Pero sí pasa. Primero, la felicidad con la que se utiliza el término hace que los niños no distingan la gravedad del verdadero bullying. Si una niña que no quiere jugar con otras merece el mismo calificativo que unos pichones de delincuentes juveniles, algo está mal. Si los que no obedecen las reglas son glorificados, algo está peor.

Una de las cosas que me gusta de que mi hijo asista a una escuela pública es que, a diferencia de mí, crecerá expuesto a una variedad de puntos de vista y culturas que la realidad venezolana me hacía imposible. Sin embargo, si esa variedad de puntos de vista flexibiliza el respeto hacia los demás, creo que el problema es grave.

Esta cultura, además, trata de recuperar al perdido en lugar de mantener bien al sano. Encuentro especialmente extraño que una ciudad tan alejada de las enseñanzas católicas repita inconscientemente la parábola del hijo pródigo, con la diferencia de que ese hijo pródigo no tiene padre que lo espere de vuelta. Para el momento que el sistema cuasi paternalista se dé cuenta de que el bully es, en términos criminológicos, “irrecuperable”, habrá perdido doblemente, porque el “bullyiado”, a menos que tenga un soporte familiar a prueba de balas, probablemente saldrá dañado también, al dedicar energías que debería enfocar en ser un mejor estudiante a defenderse de los ataques.

La igualdad de oportunidades en la escuela pública no puede limitarse a dar al niño de menos recursos  las mismas posibilidades de desarrollo que a los demás. Tiene que ser capaz de construir un ambiente donde TODOS los niños, sean fuertes, débiles, parte del 99 o del 1% puedan alcanzar el máximo de su potencial. Defender a un bully porque tiene carencias afectivas es tan malo como perdonar a una niña que golpea a otra sólo porque sus padres donaron el patio del recreo. Las acciones tienen consecuencias y proveerle a los niños circunstancias atenuantes derivadas de su entorno les da una coartada eterna, que estoy segura seguirán utilizando hasta que entren al sistema legal juvenil y, más adelante, al sistema penitenciario. Están formando irresponsables. Por eso, en mi opinión, un bully es un cobarde, que no enfrenta las consecuencias porque el sistema escolar le da la excusa para no hacerlo.

Si en la escuela (igual que en los hogares) no existe una cultura que eduque a los niños a no seguir a quienes toman malas decisiones y lleva a idolatrar a los chicos cuyos padres no les ponen reglas, los “cobardes” seguirán ganando. Escuché a un niño de 2do grado decir “tuve sexo con alguien” (imagínense el tamaño de mi asombro) delante de todo su salón: un niño cuyos padres no ejercen el menor control sobre él es el sueño de todos los demás a los que nosotros, los “malos padres” no permitimos pasar todo el día solos en la casa, jugando Resident Evil ni surfeando YouPorn.

No me considero moralista, pero ¿sexo a los 7 años? ¿En serio? (ni hablar de YouPorn)

De ahora en adelante, mi política es “Zero Tolerance” contra los verdaderos bullyies, Comenzaré a llamarlos, en su cara, “cobardes” y, como probablemente no entiendan español (generalmente los bullyies no son precisamente los estudiantes más aventajados del salón), traduciré y les diré “you are not a bully, you’re a coward, pendejo”.

Vivo en California y, tristemente, veo varios candidatos a la vecina San Quintín. Esperemos que me equivoque y estos chicos no terminen como los hechos reales en los que basan “Law and Order SVU”.

Encontré un blog sobre anti-bullying muy bueno (en inglés) del que saqué la imagen. Visítenlo. Se llama “The Anti-Bully Blog”

Si hiciera una lista de las cosas que son completamente diferentes para mí desde que me mudé de Caracas a Berkeley, necesitaría pedirle espacio a los servidores de Wikipedia. Diferentes no significa mejores ni peores, sólo eso: distintas.
En general, cuando uno viene de un país como Venezuela, donde el caos no sólo es aceptado sino que muchas veces celebrado, el choque cultural que representa el orden norteamericano es fuerte: si una cita es a las 9 no es a las 9:05 ni a las 9:30, es a las 9:00; el “como a las 9”, aunque puede traducirse como “9 ish”, no existe como concepto. ¿Será que el tiempo tiene más valor para ellos que para nosotros, o que preferimos trasladar el stress de las citas puntuales a otros asuntos?
Por otro lado, ese respeto ciego al orden los hace muy vulnerables a nuestros “manejos de objeciones”: ante un “lo lamento, no hay citas hasta marzo de 2013” respondemos “¿seguro? ¿puede buscar en la agenda a ver si hay un huequito? Sí, espero mientras revisa” y, casi siempre, nuestro apremio de última hora resulta vencedor.
Ese orden férreo se traslada a todos los aspectos de la vida en Berkeley. Yo, acostumbrada a la eterna incertidumbre, me sobresalto ante la falta de sorpresas. Pero dicen que uno se acostumbra a todo y yo estoy entrenando para eso.
Mi último examen de equivalencia entre Ccs/Bk lo presenté este fin de semana: mi hijo mayor fue invitado al cumpleaños de uno de sus compañeros de clase. Familia berkeliana al 100%, padres encantadores, educadísimos, correctísimos y todos esos ísimos. Hijos maravillosos, inteligentes, educados, leídos (sí, leídos), probablemente no ven televisión y estoy segura de que se saben la Ley de Gravitación Universal con fórmula y todo.
Por supuesto, la celebración tenía una agenda: comenzó con un almuerzo donde todos los niños se sentaron, comieron y esperaron pacientemente, sin levantarse, hasta que cantaron cumpleaños. ¿Cómo hicieron para que mi Santiago, que no aguanta ni 2 minutos sin revolverse, soportara 40 minutos en la mesa? (Inserte cara envidiosa aquí). Además, los estoicos niños esperaron, sin pararse de sus sillas, hasta que les sirvieron su correspondiente pedazo de torta con helado. Debo reconocer que el pastel merecía la pena, pero cuando intenté hacer lo mismo en mi casa con un pedazo que me regalaron, no funcionó: me pregunto qué estoy haciendo mal.
Para mí, que no existe algo como “estás comiendo demasiada azúcar” la restricción de un solo pedazo de torta por niño me parece incomprensible, pero cuando ves las cifras de obesidad infantil a nivel mundial tiendes a darles la razón. Mis hijos, que no aceptan un “no” por respuesta (¿a quién habrán salido?), ya interiorizaron el “no seconds” y son felices así. Dios los libre de una piñata venezolana con torta, quesillo, profiteroles, gelatina, tequeños y mucha frescolita y uvita.
Al finalizar el almuerzo, la agenda indicaba que se llevaría a cabo un juego. Yo, madre salvaje de hijos en estado de domesticación, esperaba una competencia de velocidad, destreza o una rifa con adivinanzas. Imaginen mi cara cuando vi al padre del cumpleañero entregar sendas hojas a los equipos donde tenían que descifrar una clave numérica para encontrar un tesoro. Agradeciendo infinitamente a Pérez Reverte, heroicamente me ofrecí a ayudar al equipo de mi hijo (no fueran a darse cuenta los demás papás que Santiago juega Mario Galaxy) y descubrí que los niños necesitan poca ayuda cuando hay un premio de por medio, sin importar qué difícil le parezca a los padres el reto que enfrentan.
Todo lo anterior se llevaba a cabo en un respetuoso tono de voz: Milagro! En mi casa no se habla en volumen moderado ni que se muera alguien: ¿Cómo hace esa familia para controlar el nivel de ruido de 12 niños de 7 años y sus padres? Debe ser el azúcar.
Al finalizar el evento, mi hijo seguía convertido en el perfecto niño berkeliano y yo en la mamá atónita recordando a las Esposas de Stepford, entre asustada y esperanzada.
No sé si para mi tristeza o felicidad, el efecto domesticador de la fiesta no duró mucho. El “Berkeley Santiago” se convirtió en “Mi Santiago” al cruzar la puerta de mi casa, con su volumen regular de voz y sus exigencias y yo, acostumbrada a pensar entre ruido concluí que en un país tan tecnificado como éste, es lógico que la gente vuelva a lo básico y redescubra el placer de descifrar códigos numéricos, crucigramas, etc. Al volver de la fiesta, busqué mis libros de criptogramas y recordé, orgullosamente, lo bien que se siente descifrarlos.
El proceso de “des tecnologización” es difícil para los niños. Pasar de un mundo donde todo sucede inmediatamente a otro que exige artesanía puede parecer un retroceso para ellos, pero la paciencia se cultiva y, si yo estoy aprendiendo a vivir en un mundo nuevo ellos podrán hasta construir el suyo.
Sí, ya me di cuenta: me desvié del tema.
Para concluir esta reflexión, después de tres años aquí sigo aprendiendo que el orden hace falta, las diferencias son buenas, que para los niños es tan fácil aprender como desaprender y que las ciudades perfectas dependen de la gente que las habita.
Eso sí, mis piñatas seguirán teniendo muchos dulces.