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“Tranquilo, nada está bajo tu control” debería ser el mantra de todos los padres con niños en deportes en equipo. Yo, que me creía veterana por de sobrevivir una temporada, me sentía como si hubiera llegado a una película europea que empezó hace media hora.

Desde averiguar en qué grupo iba a jugar hasta enterarse de quién era el entrenador eran tareas propias de “The Amazing Race”. Llegué a al campo en el día marcado de “inicio de las prácticas” y comencé la peregrinación, de entrenador en entrenador. Todos los niñitos parecían de la misma edad, así que no entendía cuál era el criterio para agruparlos. Lo bueno es que ellos tampoco. Así que lo solté en el último grupo donde pregunté, y me senté a ver “la práctica”:

Además del “coach” había un número de “Mi hijo es el próximo Messi/Alex Morgan” co-entrenando. Si prestarle atención a un maestro es casi imposible para un niño de 6 años, imagínense a dos.  Desde donde yo lo veía, el ejercicio parecía consistir en tratar de aplastar la pelota, un pie a la vez. ¿O sería pararse sobre ella? Después de media hora de aplastada de balón. Comenzó un tal “Scrimmage”. Qué misterio. Los papás decían “ya falta poco para que termine el “Scrimmage”, “mi hijo metió dos goles en el “Scrimmage” (y pronúncienlo totalmente con “native English accent”: scrmagh). La palabra misteriosa define cuando ponen a jugar a los niñitos: les ponen los “pinnies” (las franelilas de malla sin mangas. De nada) a uno de los dos equipos y realmente juegan. Aún sin arqueros. Pero juegan.

Si no fuera porque estoy segura de que para cuando lo termine, las cosas cambian otra vez, escribiría un “Soccer Parenting for Dummies”.

Finalmente me enteré de quién era el entrenador y, mejor aún, de quiénes eran los compañeritos de equipo: cuando tenían los “juegos” (sí, entre distintos equipos) los sábados. Busqué a los que tenían el “jersey” (nombre técnico de la camiseta de fútbol) del mismo color, le pregunté a un señor que parecía saber lo que estaba haciendo si mi hijo estaba en su equipo y “lo entregué”. Y comenzó el “¿juego?”.

No, No hay arquero. Sí, pregunté. No, no importa si ganan o pierden. No, tampoco importa si se sientan en el medio del campo a recoger margaritas mientras los demás juegan. No. No es competitivo. ¿Cómo va el juego? ¿Ah? ¿Los goles? No sé. Como que nadie llevaba la cuenta.

Lo más divertido era el contraste entre los papás de Lio y Alex y los que llamaré “recoge margaritas”. Los primeros gritaban instrucciones cual Luis Enrique. Los segundos simplemente pretendían no estar allí. “Bueno, es apenas el primer juego”, pensé. “Y el segundo”. “Y el tercero”. Hasta que terminó la temporada.

¿Quién ganó? Todavía no sé. Y creo que ni el coach ni los otros padres tampoco.

Quizás los que ganaron fueron los que tenían que ganar: los niños que, definitivamente, tienen mucho que enseñarnos sobre la importancia -o falta- de ser competitivos.

Detesto a los que se sienten superiores porque “leen”. En mi opinión, son una especie de fanáticos religiosos combinados con vendedores piramidales.

A mí me gusta leer. Disfruto un buen -y a veces un no tan buen- libro. Tuve la ¿suerte? de que en mi casa había una biblioteca gigante (entendida como “muchos libros juntos”), sólo 4 canales de TV. Pocas películas de Betamax y algo llamado Atari que me costó algún tiempo entender. Afortunadamente, para mí, la lectura no era una obligación sino un entretenimiento más. De que en la casa de mi abuela en Río Chico un alma caritativa había dejado toda la colección de Agatha Christie. De que mis primos grandes me pasaron “Los Hollister” y “Los 7 Secretos”. De haberme leído escondida “Flores en el Ático” (sí, lo confieso), y de descubrir a Ana María Matute en la “Gran Biblioteca Salvat” de mi papá, sólo porque me llamó la atención que el libro se llamara “Algunos Muchachos”.

Ya va. Soy defensora de, si no “inculcar”, enamorar a los niños de la lectura. No sólo porque leer sea parte de mí, sino porque creo que es indispensable para la comprensión de matemáticas, biología, física o alguna de esas nuevas materias.

Sin embargo, la catarata actual de entretenimiento supone una competencia furibunda contra los libros. Y parte de esa competencia es, a menudo, superior a la oferta literaria. Es aquí donde entra esa categoría a la que me refería en el primer párrafo.

¿Cuántas veces han oído a alguien declarar, orgullosamente, ser lectores empedernidos, y te citan “50 Shades of Grey” como ejemplo? A ver cuántos pseudo gothic geeks pueden nombrar que se autodenominan hard core porque leyeron la trilogía de “Twilight” en lugar de ver las películas.

No tengo nada contra la literatura “de verano” o fácil. Amo “The Hunger Games” y “Divergent”. Pero tengo que reconocer que es muy superior la calidad de “Breaking Bad” que la de “50 Shades of Gray”; o un maratón de “Downton Abbey” que “Twilight”.

Para mí, la lectura no puede seguirse viendo como la tía solterona que te enseña a escribir en cursiva. Aunque parezca que requiere un mayor esfuerzo, es de los hobbies más fáciles -y económicos- que existen.

Mi reto es presentarle los libros a mis hijos de una manera tan fascinante como los buenos shows de TV. ¿Cómo? No lo sé, que me vean emocionada leyendo “El abuelo que saltó por la ventana y se largó” o “El Tiempo entre Costuras”. Que se pregunten cómo su mamá ve ese novelón de “Dallas” en Netflix y lo para para seguir leyendo “1Q84”.

Ya sé que es difícil. Pero ya les contaré cómo me va.

Y hasta quién sabe si el próximo post sobre esto lo escriba Santiago o Juan Cristóbal.