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A Revelation

Tengo algún tiempo tratanto de recordar cuándo fue que escuché “Génesis” por primera vez, porque cuando pienso en eso es como gatear o respirar: siempre ha estado allí.
Trata de recordar cuándo respiraste por primera vez. O cuándo diste ese primer pasito: Imposible, ¿verdad? Así me pasa a mí con esa banda.
Viene con mis primeros amigos (por casualidad, todos niños) que seguramente tenían hermanos mayores a quienes le robaban prestados los elepés.
No tengo la menor idea de cómo sonaría para mi entonces, precario inglés, “Nursery Cryme” ¿Qué juego de palabras ni que juego de palabras? Eso era música y ya.
Tan lindo mi papá: llegaba con los discos de Enrique y Ana (así nos daba un descansito de sus sábados de ópera mañanera) mañanas operáticas sabatinas. Mi mamá nos ponía “Sopotocientos” en la TV y me llamaba “Raspón Corroncho”, imagino por el placer que me producía.
Pero yo siempre regresaba a Génesis. Casualidad o predestinación, siempre me los encontraba. Suena fácil, hoy en día tenemos YouTube, Apple Music o Spotify. Ahora, teletranspórtese a 1975 y estén pendientes de “La Música que Sacudió al Mundo” o “Síntesis” a ver si, por casualidad pasaban algo de Génesis. Persigan a los amigos que tenían hermanos estudiando en EEUU y “quítenle prestadas” las “Billboard”,y las “Rolling Stone”. Eso sí era amor. Sobre todo cuando era correspondido por algún recién llegado de los “Estates”, que se tomaba el tiempo de grabarte un cassette con lo último que habían sacado… aunque fuera copiado. Pero primero te hacía un “pop quiz” a ver si te sabías los nombres de los miembros de la banda y eras merecedora del “tesoro”. Mi devoción por Génesis -a pesar de pertenecer al sexo femenino- me otorgaba puntos extra: era como ser un elefante morado, así que si se me olvidaba que había existido John Mayhew antes de Phil Collins, igual me llevaba my cassette. ¿Será por eso que nunca tuve espacio en la memoria para aprender a integrar?

Génesis siempre ha aparecido de las maneras más insólitas en mi vida. En mi escuela había dos niveles de clases de inglés: el de las que sabíamos que “pollito” era “chicken”; y el más avanzado, que sabía que “Island” se pronunciaba sin la “s”. Por una extraña razón, terminé en el grupo “avanzado”, por donde desfilaron una serie de profesoras que a la semana descubrían que había más en la vida que enseñarle inglés a malcriadas de 13 años. Uno de estos personajes, una muchacha de ¿25? años, y un entusiasmo comparable al nuestro, entró a la clase, se paró frente al pizarrón, escribió su nombre y nos sentenció “tienen que aprenderse este poema para mañana, porque van a recitarlo frente a todo el salón”, y repartió unas fotocopias tituladas:
“Dancing with the Moonlit Knight”
(by Steve Hackett and Peter Gabriel).
Ha sido el “20” más fácil que he sacado en mi vida.

“And it’s Hey, babe, your supper’s waiting for you. Hey, my baby, don’t you know our love is true? I’ve been so far from here. Far from your warm arms. It’s good to feel you againIt’s been a long long time, hasn’t it?”

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Los Juegos Pandémicos

Adiós, Olimpiadas. Hola, Juegos Pandémicos: Imagino la frustración de los atletas ante postergación de las Olimpiadas de Tokio debido al CoVid19. Sin embargo, deberíamos aprovechar esta hambre competitiva para crear unos nuevos juegos, los “Juegos Pandémicos”. Lamentablemente, a pesar de mi intención de rendir homenaje a los originales, no pude limitarme a los griegos, así que los pocos historiadores puristas que me lean, discúlpenme.

Categorías Iniciales:

  • Premio “No-Nostradamus”: otorgado a quién siempre sabe con anterioridad lo que va a pasar, pero lo anuncia al día siguiente. Digamos que ve el futuro, pero espera al presente para anunciarlo.
  • Premio “Neo-Gregoriano”: reservado para quienes han hecho de su apego a calendarios y agendas creados –por ellos- para estos tiempos, casi una religión. Por supuesto que para ser candidato a este premio hay que mostrar irrefutable evidencia audiovisual no sólo del instrumento, sino de la felicidad de su estricto cumplimiento.
  • Premio “Magistrum”: Dedica todo su tiempo a asegurarse de que su descendencia tenga una plaza asegurada en Cal, Harvard, Stanford, La Sorbonne, o la Complutense. Para ello convierte cada ocasión en una oportunidad educativa. Ejemplo de lección: “si comes 100 gramos de trigo (incluye peso en sistema métrico decimal, conversión a lbs,  familia botánica y lugares geográficos de cultivo. Bono por primera civilización que dejó de ser nómada por aprender a cultivarlo); ¿cuánto debería pesar eso que dejaste ahí ahora que ya no usas pañales?.
  • Premio “Perfecto Prefecto”: merece un premio por su devoción a la investigación y divulgación, de todo lo que estamos haciendo mal. La humanidad está condenada al fracaso, y él está ahí para explicarnos porqué.
  • Premio “La Tierra es Plana”: ¿qué pueden saber los científicos que él no pueda refutar con una búsqueda de Google? Desdeña años de investigación al leer un artículo, publicado en una revista de farándula o pseudo ciencia, que dice exactamente lo contrario. Se manifiesta especialmente en Whatsapp, pero Facebook también tiene sus candidatos.
  • Premio “Bufón, y no Gianlucca”: para los que al verse encerrados entre cuatro paredes, encontrar parques cerrados y agotadas hasta las novelas mexicanas de Netflix, recurren a reírse de su situación. 
  • Premio “El Señor del Señor de las Moscas”: otorgado a los padres que demuestren más paciencia –o auto control- ante la inminente salvajización de los niños confinados en sus casas. En este caso, no se exigirá prueba audiovisual. Sólo Fé de Vida (de los padres).

Con mucho humor,

Carmen.-

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Distanciamiento-en Red- Social

Me doy buenos consejos a mí misma, pero rara vez los sigo..” – Alicia en el País de las Maravillas

Desde que empecé a utilizar las redes sociales, siempre sospeché que algún día podría arrepentirme de hacerlo. Soy bastante sociable, por lo que este multiplicador de relaciones, y asistente de mantenimiento de las amistades existentes, resultaba perfecto para mí.

Pero que ese arrepentimiento potencial jamás me llevó a dejar de utilizarlas. Era más bien un “me lo dije”, bastante inútil.

Al principio, las usaba para reconectar con gente con la que por razones geográficas o circunstanciales, había perdido contacto. La alegría del reencuentro era comparable a verlos cara a cara. Después, involucioné a utilizarlas por motivos menos nobles, como regocijarmne al ver cómo el tiempo se vengó de ese ex novio que rompió mi corazón a los 12 años. 

Así que durante estos ¿12? ¿13? años de dependencia de estos “peep holes” bidireccionales, presencié, espié y hasta a veces disfruté de enlaces inesperados, rupturas profetizadas, auges y caídas que hubieran pasado desapercibidos de no ser por el efecto repetidor de millones de ociosos frente a una pantalla. Además de evidencias del efecto de los años en la gente… y el de los filtros. 

La peor parte de esta convivencia diaria con las redes sociales ha sido ver cómo se han transformado en una especie de espejo de “Alicia en el País de las Maravillas” bizarro, donde al entrar, persiguiendo a un rabipelado, el sentido común se convierte en sabiduría bíblica, y cualquier pendejo es elevado a profeta. Es terrible cómo la gente sustituyó “investigar” por “googlear”, porque nunca estuvo interesado en conocer más de un tema, sino en saber cuántos lo apoyaban. Esto, lentamente, ha eliminado nuestra capacidad de poner en duda nuestras propias creencias, y en un mundo donde todos pensamos igual, nunca cambiará nada.

Ojalá algún día nos demos cuenta de qué facil se lo ponemos a quienes dependen de campañas de desinformación. Pero, siendo realistas, esto nunca les va a salir en sus búsquedas de Google.

Estoy segura de que esta encerrona del CoVid19 nos ha puesto a todos un poco más filosóficos. Y fastidiosos. Así que entre mis divagaciones, entre “Tiger King”, “The Water Dancer”, y “Terra Plana”, me puse a pensar cuál es el rol que me gustaría darle a las redes sociales en estos momentos: 

1- Actuar como si Facebook hubiera sido lanzado ayer: alégrate de poder reconectar, o mantener la conexión, con tus amigos, porque resulta que ahora todos están lejos. 

2.- No perder el tiempo con pendejos con los que no gastarías un minuto si los vieras en un bar. Si te sientes tentado, escríbeme y te recomiendo unas cuantas series y libros.

3.- Descubrir gente interesante y seguir sus recomendaciones: así conocerás nuevos escritores, música, y escucharás opiniones distintas. Al final de este post añadiré el enlace de la página de YouTube de uno de ellos que disfruto especialmente*

4.- Evitar la política. Sólo verás lo que ya sabes o lo que publican tus amigos. Repito: la pluralidad es necesaria para toda sociedad.

5.- Tratar de no tomar lo que publican los “campeones del home schooling” y el “distance learning” como una invitación a competir o una afrenta personal. Nadie publica nada pensando en mí. No soy tan importante. 

En conclusión, ante esta falta temporal de contacto físico, trataré de sacarle el máximo provecho a lo que está disponible. Que ese “distanciamiento social” sirva para mi salud física, sin que su sustituto virtual acabe con lo poco que queda de mi salud mental.

* “Lecturas de la Cuarentena” https://www.youtube.com/channel/UChfHK1qg0ZsgCh3nMXHrV2A/featured

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El día que le aposté a Kenny Rogers.

Hasta hace muy poco tiempo, mi único contacto con las apuestas era a través de la canción: “The Gambler”, de Kenny Rogers, que oí por primera vez cuando tenía 8 años.

Como podrán imaginarse, Mr. Rogers era bastante desconocido en Venezuela, y hubiera seguido siéndolo para mí si no hubiera sido por una señora cuyo nombre, creo, era Tania.

En esa época nos reuníamos todos los domingos en casa de mis tíos. Mi familia es numerosa, con primos de mi edad, lo que convertía cualquier almuerzo familiar en “El Señor de las Moscas” que nadie quería perderse.

Uno de esos fines de semana, mis tíos decidieron invitar también a sus vecinos. Según lo que mi versión de 8 años entendió, habían vivido “en el extranjero” y trabajaban en “la industria del entretenimiento”, así que imagino que eran semi celebridades, o lo parecían. La moda de los años 70 era considerablemente extravagante (pausa para que busquen fotos de sus padres en 1978), así que no sé qué hizo que esa señora, Tania, me llamara tanto la atención. En mi memoria, mide 1’90, viste una túnica de poliéster, fucsia y naranja, con pantalones acampanados blancos y seguramente sandalias de plataforma plateadas. Y que nadie me diga que no es así.

Al final de esa tarde de domingo, cuando la energía infantil estaba domada por el exceso de Frescolita, y la tolerancia de los adultos había recibido bastante ayuda del Sr. Parr, nos sentamos todos juntos y Tania, decidió poner música: un LP de un señor con barba, gringo, un tal Kenny Rogers.

Al comenzar a sonar el picó, Tania (y el Sr. Parr, estoy segura), agarraron algo que pudiera hacer las veces de micrófono y decidieron que Kenny no cantaría “The Gambler” sin un coro en vivo.

Mi dominio del inglés se lo debía mayormente a “Villa Alegre”, así que agradecí su traducción simultánea y amé la melodía de la canción.

Desde ese día me convertí en uno de los 20 venezolanos fanáticos de Kenny Rogers. Cuarenta años después todavía puedo cantar de memoria “The Gambler”, pero nadie quiere oír eso; criticar la misoginia de “Ruby, don’t take your love to town”, y hasta entender un poco mejor el país de “The Coward of the County”. Y, aunque no son habilidades que puedan ayudarme a encontrar un trabajo en LinkedIn, me siento orgullosa de eso.

Gracias a esa tarde con Tania y Kenny descubrí un género musical que aún disfruto enormemente. Si no me creen, pregúntenle a Spotify porqué me sugiere a Lyle Lovett, Lucinda Williams, a Rhett Miller, y a mi amada Kacey Musgraves.

Así que hoy, cuando me enteré de la muerte de Kenny Rogers, sólo deseé que lo que dice en “The Gambler” se hubiera hecho realidad: “and the best that you can hope for is to die in your sleep”.

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“Diarios del Corona Virus (o cómo se llame cuando leas esto)” II

“Diarios del Corona Virus (o cómo se llame cuando leas esto)”

Día 2. 

Viernes, 13 de marzo de 2020.

Tengo casi 12 años viviendo en Berkeley y una de mis primeras impresiones sobre esta ciudad es que nunca pasa nada. No es que sea aburrida, o que no tenga vida social o artística (está a 20 minutos de SF), pero cuando uno crece en Caracas, donde el índice de normalidad es definido por el porcentaje de incertidumbre, la capacidad de sorprenderse disminuye considerablemente.

En Venezuela podría sustituirse la manera de calcular la “Densidad de Población”, el resultado se obtendría al calcular el número de habitantes en un área que son víctimas de eventos impensables en relación con una unidad de superficie dada. Y esta área podría ser de 20 km2. Créanme. Sería altísima. Y quizás empezaría a llamarse “Densidad de Des-población”. De ahí mi escasa capacidad de asombro y mi manía de llamar cualquier acontecimiento que incomoda a mis queridos amigos americanos “Problemas del Primer Mundo”. Por favor, perdónenme.

El viernes empieza fácil. Tener que despertar a solo uno de los chicos hace que la mañana tenga una luz especial, sobre todo si el que se queda durmiendo es el adolescente. El que va a Middle School está emocionado: cree que le están adelantando el Spring Break. Y aún tiene su hand sanitizer. Lo dejo en una escuela donde no pareciera que se están preparando para estar tres semanas sin clases: bien por ellos. Los niños no necesitan sentir ese pánico.

Decido no ir a mi clase de yoga e inocentemente manejo hacia Costco para asegurarme mi dosis semanal de Coke Zero y Red Bull (no me juzguen). No me había dado cuenta de que sufría de PTSD hasta que vi que los carros que intentaban entrar llegaban hasta la salida de la autopista. Sólo me tranquiliza comprobar que el suministro de gasolina es completamente normal. 

A la hora de la salida, los chicos se despiden como cualquier viernes. 

Llego a mi casa y mi hijo adolescente ya tiene “cabin fever”. Los niños, afortunadamente, no tienen consciencia de su propia mortalidad. Ni siquiera de su vulnerabilidad. No poder salir a jugar con sus amigos suena como si yo lo estuviera castigando. Y él no entiende qué hizo.

Aún quedan vestigios de normalidad: las familias hacen planes para irse a esquiar el fin de semana porque, por fin, va a nevar en este lado de California. Reviso el estado de las carreteras. Controles de cadenas. Hago contacto con la vida real. 

Ya estoy extrañando el que en Berkeley no pase nada.

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“Diarios del Corona Virus (o cómo se llame cuando leas esto)” I

Día 1.
Jueves, 12 de marzo de 2020.

“Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.” La Máscara de la Muerte Roja. Edgar Allan Poe.

Mando a los niños a la escuela. Armados de sus mini “hand sanitizers”, como si activara un escudo protector anti virus, mezcla de psicología de Vanidades con el “power trip” de tener en su poder uno de los bienes más buscados, pero hediondos a Axe.
En casa, sigo las noticias segundo a segundo. Y, si trato de darles un descanso, ellas me persiguen a mí. Irán, Italia, España, devastados. Boris Johnson los desestima. Donald Trump en un momento lo llama “una gripe fuerte” y, a los diez minutos, una pandemia, pero a él ya estamos acostumbrados.

Trato de mantener un ambiente de normalidad: nos conviene a todos. Así que la práctica de fútbol sigue en pie, con el presentimiento de que podría ser la última por un largo tiempo.
Mientras peleo con mi hijo para que se ponga las canilleras, llega un email de la asociación que coordina el fútbol infantil y juvenil en esta parte de California, donde comunica la suspensión de todos los eventos que dependen de ellos hasta el 31 DE MARZO, así, en mayúsculas (mías). Trato de retrasar la distribución de la información hasta el final de la práctica (ya los chicos estaban ahí, habían tocado los balones y quién sabe si hasta se habían saludado). Sólo Intento regalarles unos minutos más de convivencia.

Camino hasta el supermercado a pocos metros de la cancha, conocido por sus exóticas frutas y verduras, y por sus productos orgánicos. La gente hace sus compras como habitualmente. Sonríe, y eso me da la primera pista de que las cosas no están tan normales como parecen. Muchos llenan sus cestas de granos, quesos, etc. Nada que demuestre pánico ante un desabastecimiento. Los más inteligentes compran cerveza. Son ellos quienes, no tengo la menor duda, saben de lo que hay que aprovisionarse.Pueden contar con que habrá comida: vivimos en “The Land of Plenty”. Lo que hará falta es un suplemento psicológico que nos ayude a lidiar con lo que viene, y eso, hasta donde yo sé, no lo venden en los supermercados. Ni siquiera en los de Berkeley.

Respiro hondo y me dispongo a pagar (soy la número 20 en una línea de 100 personas, así que ahí va mi golpe de suerte del día. Detrás de mí, está la directora de una de las escuelas del distrito. Saluda, y, en un tono no necesariamente traquilizador, me dice “revisa tu email esta noche”.
De ahora en adelante, esa frase será el sinónimo de “tenemos que hablar” de las comunicaciones académicas: como en una relación, sabes que las cosas no están del todo bien, pero prefieres vivir en negación, y, lo que es peor, estás segura de que en este caso el “no eres tú, soy yo”, es totalmente sincero.

Llego de vuelta a la cancha, donde los padres susurran entre sí. Muchos trabajan en el distrito y sólo esperan la ratificación de lo inminente. Se habla de un caso –aún no confirmado- en el High School de la ciudad. Pero no hay nada concreto. Sólo rumores y 20 grados de separación. Caigo en cuenta de  que me llama mucho la atención enterarme desde la libertad de una cancha de fútbol que países considerados bastante mas “desorganizados” por este autoproclamado primer mundo, ya han declarado ciudades enteras en cuarentena y van en camino a decretar un toque de queda que afecte a toda una nación. Un chico madrileño me comenta que su tía, enfermera, le dice que en el hospital ya no hay camas. Oh, “eso es en España”, pienso.

Confiada en ese océano de distancia, acuerdo con el entrenador de mi hijo que, mientras no exista una orden explícita que prohiba reunirse a grupos pequeños de niños con fines deportivos, en pro de la sanidad mental de jóvenes y adultos, lo más sensato será mantener las prácticas, respetando normas básicas de contacto –o falta de- Algo aliviada llego a mi casa y, para contrarestar ese momentáneo oasis, cometo el error de prender la TV, mal sintonizada en CNN gracias a las primarias del partido demócrata y recuerdo: CNN tiene la capacidad de transformar cualquier evento en “Breaking News”, y cualquier “Breaking News” en una catástrofe. Muy tarde. Ya el mal estaba visto.

Reviso mis emails: el distrito escolar decide suspender las clases, efectivo inmediatamente para High School, y a partir del lunes siguiente para el resto de los niveles. Preguntas, aún sin respuestas oficiales, van y vienen. Y las preguntas sin respuesta las contesta la imaginación, y a ésa nadie es capaz a ponerle un límite.

Comienzas a poner todo en perspectiva. Te preguntas qué tan importante era ese afiche de ciencias que tu hijo tenía que entregar urgentemente. Te preguntas si valió la pena discutir por la hora de ese partido de fútbol que a lo mejor ahora se juega, con suerte, en el 2022.

Como le dije a un conocido, te preguntas si estás con la persona con la que quisieras pasar encerrado cuatro semanas de tu vida.

Y éste es sólo en el primer día.

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Mi ¿vida? como Soccer mom. Parte 2

“Tranquilo, nada está bajo tu control” debería ser el mantra de todos los padres con niños en deportes en equipo. Yo, que me creía veterana por de sobrevivir una temporada, me sentía como si hubiera llegado a una película europea que empezó hace media hora.

Desde averiguar en qué grupo iba a jugar hasta enterarse de quién era el entrenador eran tareas propias de “The Amazing Race”. Llegué a al campo en el día marcado de “inicio de las prácticas” y comencé la peregrinación, de entrenador en entrenador. Todos los niñitos parecían de la misma edad, así que no entendía cuál era el criterio para agruparlos. Lo bueno es que ellos tampoco. Así que lo solté en el último grupo donde pregunté, y me senté a ver “la práctica”:

Además del “coach” había un número de “Mi hijo es el próximo Messi/Alex Morgan” co-entrenando. Si prestarle atención a un maestro es casi imposible para un niño de 6 años, imagínense a dos.  Desde donde yo lo veía, el ejercicio parecía consistir en tratar de aplastar la pelota, un pie a la vez. ¿O sería pararse sobre ella? Después de media hora de aplastada de balón. Comenzó un tal “Scrimmage”. Qué misterio. Los papás decían “ya falta poco para que termine el “Scrimmage”, “mi hijo metió dos goles en el “Scrimmage” (y pronúncienlo totalmente con “native English accent”: scrmagh). La palabra misteriosa define cuando ponen a jugar a los niñitos: les ponen los “pinnies” (las franelilas de malla sin mangas. De nada) a uno de los dos equipos y realmente juegan. Aún sin arqueros. Pero juegan.

Si no fuera porque estoy segura de que para cuando lo termine, las cosas cambian otra vez, escribiría un “Soccer Parenting for Dummies”.

Finalmente me enteré de quién era el entrenador y, mejor aún, de quiénes eran los compañeritos de equipo: cuando tenían los “juegos” (sí, entre distintos equipos) los sábados. Busqué a los que tenían el “jersey” (nombre técnico de la camiseta de fútbol) del mismo color, le pregunté a un señor que parecía saber lo que estaba haciendo si mi hijo estaba en su equipo y “lo entregué”. Y comenzó el “¿juego?”.

No, No hay arquero. Sí, pregunté. No, no importa si ganan o pierden. No, tampoco importa si se sientan en el medio del campo a recoger margaritas mientras los demás juegan. No. No es competitivo. ¿Cómo va el juego? ¿Ah? ¿Los goles? No sé. Como que nadie llevaba la cuenta.

Lo más divertido era el contraste entre los papás de Lio y Alex y los que llamaré “recoge margaritas”. Los primeros gritaban instrucciones cual Luis Enrique. Los segundos simplemente pretendían no estar allí. “Bueno, es apenas el primer juego”, pensé. “Y el segundo”. “Y el tercero”. Hasta que terminó la temporada.

¿Quién ganó? Todavía no sé. Y creo que ni el coach ni los otros padres tampoco.

Quizás los que ganaron fueron los que tenían que ganar: los niños que, definitivamente, tienen mucho que enseñarnos sobre la importancia -o falta- de ser competitivos.

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Mi ¿vida? como Soccer mom. Parte 1

kikisoccer1Apréndanse esto: el deporte que veía tu papá los domingos en VTV no se llama fútbol. Se llama “soccer”. Fútbol es al que tú le decías “fútbol americano”. Ya. Fin del tema. Aunque confieso mi insistencia en seguir llamándolo football.
Mi transplante a EE.UU. había resultado bastante indoloro en términos de actividades deportivas. Mi hijo mayor, cuando sus compañeros se uníeron a equipos de béisbol o fútbol (perdón, soccer), admitió que prefería los deportes individuales. Así que disfruté de unos años de tranquilidad dedicados sólo al karate: dos horas a la semana. Admito que notaba, angustiada, a las otras mamás siempre apuradas en llegar a unas cosas llamadas “prácticas”, y sus fines de semana, eran una continuación de la semana por unos tales “juegos”; algunas veces a la misma hora de entrada a clases. De lejos, lo que les pasaba era para mí como la gripe y los piojos: no le da a todo el mundo, pero cuidado porque está “en el aire”.
Me repetía frases como “suenan oprimidas”. “Yo nunca seré así”. “Debe ser porque ellas son americanas y yo no”. Con esos aires de superioridad de quien se cree dueña del tiempo de sus hijos o, peor aún, de su propio tiempo.
Así, cuando celebraba haber sobrevivido la escuela primaria sin que el virus me atacara, llegó el equivalente al Apocalipsis Zombie: mi hijo menor descubrió el Soccer. “Caramba, Kiki. No es soccer, es fútbol” fue la primera de las batallas que perdí contra su persistencia soccerística. Empezó tranquilo, en un grupo pequeño de niñitos entrenados por un papá genial. Tan fenomenal que hizo que preguntara ¿”Y por qué nosotros no jugamos contra otros niñitos”? En ese momento supe que no había vuelta atrás. Había sido mordida. Me iba a transformar en una “soccer mom”.

Sin mucha investigación, encontré un club dónde inscribir a Kiki (léase, le pregunté a las soccer mamás veteranas dónde jugaban sus niños) y descubrí que todo lo que creía saber viendo fútbol “de verdad” no servía para nada. No, no era el idioma solamente . Era el “sólo diviértanse, no hay que ganar”, “no hace falta arquero porque la portería es muy pequeña” y  el “Si el niño no quiere jugar sino sentarse a ver mariposas, déjenlo”. No puedo negar lo divertido que resultaba ver a 10 niñitos (5 por equipo) tratando de coordinar qué hacer con la pelota, los pies y la grama. Entender cuál de las dos porterías era la de su equipo era más difícil que la Ley de Gravitación Universal a los 5 años. Ahí aprendí que “Own Goal” era la traducción de “Autogol”. Y que había tres categorías de soccer parents de niños de 5 años:

1.- Los “primerizos” (como yo) que no terminábamos de entender ni siquiera a cuál equipo pertenecía su hijo.

2.- Los “sólo quiero que se divierta y que no me molesten durante una hora”. Generalmente padres de niños que se sentaban a ver mariposas. Ver mariposas. Literalmente a eso. En el medio del partido.

3.- Los “estoy seguro de que mi hijo es el próximo Leo Messi o la próxima Alex Morgan”. Estridentes.  Generalmente bilingües, con consejos totalmente obvios como “Quítale la pelota Fulanita”, o “Pressure, Menganito”.

Al final de esa temporada, me di cuenta de varias cosas importantes:

Que estaba condenada a, por lo menos, una temporada más de soccer.

Que había aprendido unas frases útiles ,en inglés, para que pareciera que le prestaba atención al juego: “pressure”, “good defense”, “beautiful pass”. Con esas tres frases sobreviviría, por ahora.

Que no tenía una idea clara de quién era el entrenador oficial de mi hijo.

Esoerando que esas nociones fueran mi GPS durante la próxima temporada, me despedí de mis XXXX entrenadores y le recé al Dios del Fútbol para que me guiara con claridad de aquí en adelante. Aún no sé si la estampita a la que le recé tenía a Messi o a Pelé. Pero creo que resultó. Creo.

<Continuará>

 

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De lectura obligatoria

Detesto a los que se sienten superiores porque “leen”. En mi opinión, son una especie de fanáticos religiosos combinados con vendedores piramidales.

A mí me gusta leer. Disfruto un buen -y a veces un no tan buen- libro. Tuve la ¿suerte? de que en mi casa había una biblioteca gigante (entendida como “muchos libros juntos”), sólo 4 canales de TV. Pocas películas de Betamax y algo llamado Atari que me costó algún tiempo entender. Afortunadamente, para mí, la lectura no era una obligación sino un entretenimiento más. De que en la casa de mi abuela en Río Chico un alma caritativa había dejado toda la colección de Agatha Christie. De que mis primos grandes me pasaron “Los Hollister” y “Los 7 Secretos”. De haberme leído escondida “Flores en el Ático” (sí, lo confieso), y de descubrir a Ana María Matute en la “Gran Biblioteca Salvat” de mi papá, sólo porque me llamó la atención que el libro se llamara “Algunos Muchachos”.

Ya va. Soy defensora de, si no “inculcar”, enamorar a los niños de la lectura. No sólo porque leer sea parte de mí, sino porque creo que es indispensable para la comprensión de matemáticas, biología, física o alguna de esas nuevas materias.

Sin embargo, la catarata actual de entretenimiento supone una competencia furibunda contra los libros. Y parte de esa competencia es, a menudo, superior a la oferta literaria. Es aquí donde entra esa categoría a la que me refería en el primer párrafo.

¿Cuántas veces han oído a alguien declarar, orgullosamente, ser lectores empedernidos, y te citan “50 Shades of Grey” como ejemplo? A ver cuántos pseudo gothic geeks pueden nombrar que se autodenominan hard core porque leyeron la trilogía de “Twilight” en lugar de ver las películas.

No tengo nada contra la literatura “de verano” o fácil. Amo “The Hunger Games” y “Divergent”. Pero tengo que reconocer que es muy superior la calidad de “Breaking Bad” que la de “50 Shades of Gray”; o un maratón de “Downton Abbey” que “Twilight”.

Para mí, la lectura no puede seguirse viendo como la tía solterona que te enseña a escribir en cursiva. Aunque parezca que requiere un mayor esfuerzo, es de los hobbies más fáciles -y económicos- que existen.

Mi reto es presentarle los libros a mis hijos de una manera tan fascinante como los buenos shows de TV. ¿Cómo? No lo sé, que me vean emocionada leyendo “El abuelo que saltó por la ventana y se largó” o “El Tiempo entre Costuras”. Que se pregunten cómo su mamá ve ese novelón de “Dallas” en Netflix y lo para para seguir leyendo “1Q84”.

Ya sé que es difícil. Pero ya les contaré cómo me va.

Y hasta quién sabe si el próximo post sobre esto lo escriba Santiago o Juan Cristóbal.

 

 

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La Ley

2014 no ha sido mi mejor año. Más bien ha hecho todos los esfuerzos para convertirse en el año que más preferiría olvidar.

Si hace exactamente un año me hubieran dicho que en menos de 365 días ya no tendría ni papá ni mamá, seguramente me habría reído del “profeta”, negándome a imaginarme a mí misma como “huérfana”.Si me hubieran contado que me enteraría de que mi mamá se murió mientras veía “The Lego Movie” en un avión, no hubiera seguido oyendo.

Dicen que perder a los padres es ley de vida: como llegaron primero, deben irse antes. Por lo que me creía “preparada”. Mentira, uno nunca está realmente listo para decirle adiós a algo que es parte de ti. Para ver a quienes te enseñaron a montar bicicleta apagarse lentamente. Para despedirse de quienes no dormían esperándote de una fiesta, metidos en una caja de madera.

Parte de mí se avergüenza de haber sido egoísta y no querer que se murieran aunque estuvieran sufriendo mucho. Esa misma parte que nunca quiso dejar de ser “hija”. Otra parte, un poco más racional, celebra que por fin hayan dejado atrás las enfermedades y los dolores. Pero cómo cuesta.

Espero que esa misma Ley de vida que dicta que perderemos a nuestros padres tenga entre sus reglamentos mecanismos para que duela menos. Para que no se te agüen los ojos cuando te pones el manos libres y te das cuenta de que ya no tienes a quién llamar. Para que no se te haga un nudo en la garganta cuando lees sobre historia de España, o cambian a un personaje de “Law and Order”, y no tienes con quien comentarlo.

Porque, a pesar de lo que diga esa ley, estoy segura de que nadie quiere dejar de ser hijo. Nunca.

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