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Enredos Sociales.

Desde que comenzó la furia de las redes sociales siempre he pensado que la única manera de justificar el uso o presencia en más de una es alimentándolas con contenido diferente. ¿Cuál es el objetivo de repetir el mismo post en 2o redes distintas si básicamente te sigue la misma gente? Quizás, como empresa, la misma información es relevante para tus clientes en varios medios. Claro, siempre que la estructura de ese medio o red lo permita.

Entiendo que Twitter, Google+ y Facebook pueden admitir, si no el mismo contenido, por lo menos cierto formato común. Pero, ¿Linkedin? ¿Cuál es el sentido de publicar updates totalmente personales en una red autodenominada “profesional”? por ejemplo.

Existen las fronteras, escritas o no. Si todas esas redes sirvieran para lo mismo (o las usáramos para lo mismo) perderían todo el sentido.

Toda esa introducción de social media expert wannabe es para referirme al boom de Pinterest. Cuando una de mis amigas me invitó a esta red, me la explicó de una forma bastante sencilla: es un sitio donde “pegas” las cosas que te gustan y puedes separarlas por categorías en “boards” que tú creas. Además, puedes elegir seguir todos los “boards” de alguien o sólo los que te gusten.

Pensé: “perfecto”. Como coleccionista de imágenes bellas e inutilidades divertidas me sentí inmediatamente target de Pinterest y comencé a usarlo con mis amigas de gustos similares. Mis boards iban desde “cosas que me gustan” hasta “creepy stuff”, pasando por “really?” (me pareció de mal gusto bautizar el board “WTF”), y seguí actualizándolo con cierta regularidad. Debo confesar que la consideraba una de las redes sociales más “relajadas”, como un corcho moderno donde en lugar de pegar postales de películas de cine o fotos de tus lugares favoritos, pegas sus versiones digitales.

De un día (o semana) para otro, todo el mundo comenzó a hablar de Pinterest. No me considero exageradamente “early adopter”, pero me extrañó que algo que venía usando hace casi un año comenzara a mencionarse tanto tiempo después. Pensé, ¿será que lo compró Google y no me enteré? ¿O Icahn?, pero no, simplemente algunos líderes de opinión en SM consideraron que la herramienta valía la pena y comenzaron a reseñarla, con las (favorables) consecuencias que eso trajo.

Por supuesto, para que una red social sobreviva tiene que ser conocida, atraer público y encontrar formas de hacer dinero. A pesar de la hipócrita postura de Zuckerberg en “The Social Network”, que sea cool no basta y muchos retailers encontraron en Pinterest una manera fácil e interesante de mostrar sus catálogos, uso que, en mi opinión, es perfecto para “pegar” en esos corchos virtuales.

Lo que sigo sin entender (recuerden que no soy experta en redes sociales) es porqué algunos insisten en convertir Pinterest en Twitter, Facebook, Google+ o, peor aún, Linkedin. En mi opinión Pinterest es totalmente visual y de fácil lectura. No la entiendo como marco de cifras comparativas de la pobreza en distintos países de América Latina. Puedo aceptar malos chistes gráficos y fotos cosplay espantosas, pero infografías del crecimiento per cápita del consumo de opiáceos, no. Si estuviera en el colegio, Pinterest no me parecería un lugar para estudiar.

Como leí por ahí, cada red es lo que tú quieres que sea. Por ahora, como “persona natural” trato de tener mis fronteras si bien no defendidas con muros de Berlín, delimitadas:

En Facebook: interactúo con mi familia y amigos, veo fotos de mis amigos y de sus bebés, me entero de matrimonios, divorcios, acontecimientos felices o tristes. Es una manera de seguir en contacto con amigos que físicamente están lejos.

En Twitter: comparto opiniones y enlaces que me gustan. Expreso mis malos y buenos humores, debato sobre política, comento eventos y hago críticas, casi siempre relacionadas con lo que sucede en mi país de origen: Venezuela. Es la única red social donde me permito hablar de política, un límite que me puse conscientemente pensando que, en la vida real, hay lugares donde se habla del gobierno y lugares donde no.

En Google+: mezclo un poco de todo, desde compartir fotos personales con círculos de amigos hasta comentar campañas publicitarias geniales, trabajos fotográficos que me gustan y la canción que acabo de escuchar en la radio. Me gusta abrir discusiones sobre temas, si bien no tontos, tampoco muy profundos como cuáles son las mejores frases de la literatura es español, por ejemplo. La política, aquí, para mí no existe. No escribo mis opiniones al respecto ni comparto noticias relacionadas con esto. Por lo menos por ahora.

En Linkedin: establezco conexiones laborales. Si está prohibido por la ley preguntar en una entrevista de trabajo si soy casada, tengo hijos o mi edad, ¿por qué querría publicar algo relacionado con esos tópicos?

En Pinterest: pongo (o “pineo”) lo que me gusta o me llama la atención. Trato de mantenerme lo más “gráfica” posible. Aunque disfruto escribir intento que mis boards sean lo más visuales posible ya que creo que una de las ventajas de esta red es que permite ser “hojeada” (del verbo “hojear“) fácilmente. No me imagino leyendo un tratado filosófico en el corcho de mi cuarto.

Claro, esa es sólo mi opinión personal. Tan personal como debería ser nuestra presencia en cada red.

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Villa Alegre.

Villa Alegre era un show que transmitía la TV venezolana en una época en la que teníamos que “conformarmos” con los 4 ó 5 canales de señal abierta disponibles. Villa Alegre era una especie de pueblo donde los mayores le hablaban a los niños en inglés, éstos les respondían en español y viceversa. Recuerdo que su formato era bastante más divertido que la mayoría de los programas educativos que hacían de baby sitter en las tardes lluviosas mientras las madres terminaban la cena. Y, aunque no puedo decir si me enseñó o no inglés, puedo asegurar que si las casas en EE.UU. tuvieran nombre, la mía se llamaría Villa Alegre.
En mi natural terquedad, nunca he entendido porqué madres que dominan perfectamente el español insisten en comunicarse con sus hijos, una vez mudadas a un país angloparlante, en un idioma que definitivamente las pone en desventaja.
Primero está el problema del “acento nativo”. No importa cuántos cursos en gramática inglesa tengas: si no aprendiste a pronunciar la “z” en inglés antes de los 4 años, serán necesarias al menos dos reencarnaciones para lograrlo (en mi caso, tres). Si sé que nunca podría llamar por teléfono a un niño llamado “Zachary” ni me entienden cuando dicto “Grizzly Peak Boulevard”, ¿Por qué debo insistir en hablarle a mis hijos como una copia devaluada de Sofía Vergara? (inserte tono envidioso aquí).
Además de evitarme humillaciones innecesarias (“mami, es “zzzziiibra, no ziiiiibra”),  el hablarle en español a mis hijos les da una ventaja sobre sus compañeros, muchos de ellos 100% monolingües, al entrenarlos a pensar en dos idiomas como nativos y, a medida que se hacen más grandes, a distinguir cuántas de las diferencias culturales se ven reflejadas en las sutilezas del lenguaje ; ¿Cómo entender la diferencia entre “ser” y “estar” con un solo verbo “to be”?
No puedo evitar reírme al oír a mis compañeras idiomáticas regañar a sus hijos en lo que yo llamo “español en inglés” delante de un público completamente hispanoparlante. ¿Que los niños se confunden si oyen dos idiomas? La cantidad de inmigrantes que dominan a la perfección más de una lengua demuestra lo contrario.
Yo insisto en transformar mi imposibilidad de adquirir un acento nativo en una oportunidad para que mis hijos (y algunos de sus pobres amiguitos) escuchen el español que me ayuda a escribir lo que quiero y al que defiendo ante los criminales de ortografía de todas las maneras posibles. Ellos, acostumbrados a expresarse socialmente en inglés, me oyen responderles en español e imagino que, en su mente, me ponen los subtítulos en inglés. Claro, ellos no habían nacido cuando pasaban Villa Alegre.

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Hairspray. Vinotinto.

 

Aunque soy venezolana no sé mucho de telenovelas. Que mi padre sea español tampoco me hace especialista en fútbol. Por eso, al enterarme de las reacciones de los “comentaristas” -así, entre comillas- ante la no eliminación de la selección de fútbol venezolana -hay que estar claro en que no están asombrados porque Venezuela pasó a las semifinales sino porque no la eliminaron en la primera ronda- Vinieron a mi mente situaciones de varias de mis películas favoritas, entre ellas “Hairspray”, del maravilloso John Waters. Esta obra maestra de Waters narra la historia de Tracy Turnblad, una adolescente algo pasada de peso, que quiere ganar un concurso de baile televisado durante los años 60.

En realidad, si vamos a cuentos de hadas, el equipo de Venezuela no es ni remotamente Cenicienta. Cenicienta nació en cuna de oro y su justo puesto en la sociedad le fue arrebatado por su malvada madrastra y las envidiosas, además de feas, hermanastras. Sin embargo, Cenicienta era bella y educada, sólo necesitaba un hada madrina que le presentara a su príncipe para triunfar (con detallitos como zapatillas de cristal para darle dramatismo, claro).

Ese nunca fue el caso de la Vinotinto.

Nuestra selección de fútbol siempre fue más, en mi opinión, esa niña impopular durante toda la primaria y parte de la secundaria. Algo torpe. Con maestros que no la ayudaban porque no habían descubierto que podía tener potencial. De un día para otro, se dieron cuenta de que era mucho mejor de lo que creían al principio y comenzaron a invitarla a fiestas organizadas por los más populares donde hasta bailaba toda la noche.
Hasta que, como en Hairspray, a la gordita impopular, que pasó años practicando, le tocó medirse con las chicas más bellas y exitosas, que nunca vieron a (Tracy) Venezuela como competencia real y, oh sorpresa, en el baile que las llevaría a la fama, hasta bailó mejor y ganó. Por supuesto, las triunfadoras de siempre se quejaron de la disminución de categoría del evento, pusieron a opinar a sus madres, expertas en belleza, danza y esas lides y prometieron afilar sus garras para las próximas justas (que sólo lo serían si volvían a reinar ellas, claro).
Pero, como le pasó a Tracy Turnblad, las victorias no le llegan a la selección por su cara bonita y, si se descuidan, pueden volver a quedarse olvidadas al fondo del salón.

Mientras tanto, disfrutemos de los triunfos tratando de mantener algo de humildad y mostrando nuestra mejor cara: la única que tenemos mientras a las eternas reinas de belleza el maquillaje se les corre de disgusto.

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El verdadero post "Amansafollowers"

Últimamente se ha vuelto popular entre los “Social Media Experts” dar razones y fórmulas mágicas por las cuales tendrás más seguidores en Twitter, lo cual no puedo evitar que me recuerde a las portadas de Cosmopolitan prometiendo amores fáciles y eternos. Hasta leí que venden por e-bay cuentas según el número de seguidores ¿será por eso el auge del follounoporuno ése?

Sin embargo, esos inspirados posts “amansafollowers” me hicieron pensar en lo contrario: ¿por qué dejo de seguir, sin pensarlo, a alguien en Twitter, y éstas fueron las razones, totalmente personales.

-haces publicidad mala e invasiva (aconsejo consultar “Under the Radar”).

-eres racista

-insultas mujeres (aunque no las conozca).

-haces comentarios homofóbicos

-sólo tuiteas feeds

-te crees periódico

-usas Twitter para hacerte publicidad (entiéndase buscar novio-a)

-tuiteas pornografía

-RTeas pornografía

-dices lo mismo muchas veces (auto copy-paste)

-abusas de la autolisonja (“qué bello soy” “qué bueno soy en lo que hago” “soy millonario y uds. no”)

-copias tweets (míos o ajenos)

-protagonizas una mala novela twittera, que incluye chismes, dimesydiretes y yonofuises.

-te “malpegas” con algo o contra algo.

-mandas spam por DM a estas alturas.

Sé que nadie debería dejar de escribir un tweet por miedo a perder seguidores, pero tu libertad de expresión termina donde comienza mi tl.

Aunque a veces tengo que limpiar mi lista de seguidos porque no me alcanza el tiempo ni tengo el span (¿o spam?) de atención necesario para leerlos a todos, siempre dejo abierta la posibilidad de seguirlos de nuevo, a menos que hayan cometido los “pecados” anteriores.

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Superficialidades.

Era imposible que un caso como el de los mineros chilenos pasara desapercibido. No podía esperarse algo diferente al reality show transmitido desde Copiapó que hizo derramar más lágrimas que cualquier “extreme makeover”. Eran 33 personas que sobrevivieron al derrumbe de una mina y se dieron por muertas durante una semana. Comunicaron que estaban vivos mediante una carta cuya foto probablemente gane no uno sino varios Pulitzers. Movilizaron prodigios de ingenería de todo el planeta en su rescate y contaban con la mejor cobertura cinematográfica para documentarlo: si eso no es buena producción, no sé qué lo será. Pero, ¿alguien habló con los protagonistas?
No veo reality shows estilo Jersey Shore ni nada que se le parezca, pero si los que ahí aparecen aceptaron ser parte del casting, cualquier comentario (o chisme) que se haga sobre ellos era un riesgo inherente al contrato.
En cambio, estos señores mineros sólo bajaron a hacer su trabajo diario. No se imaginaban que su anónima vida, tan anónima como la de cualquiera de nosotros, iba a ocupar las primeras páginas de la prensa internacional. Y, de repente, uno de ellos, bautizado injustamente como “el minero infiel” (y digo injustamente porque no creo que nadie deba poner nombres) pasó a ser más importante que la cápsula Fénix. Su llegada creó más expectativa que la de los demás mineros sólo porque se le conocía una esposa y una “amante”. Chistes, muy fáciles todos, iban y venían. Leí que diría “trágame tierra” al salir más o menos mil veces. ¿Será que era más fácil enfocarse en las debilidades humanas que en la grandeza de todo lo que estaba pasando?
Ojalá y en unos meses la Historia (así, con mayúscula) que hoy se escribe de lo que pasó en Chile no se recuerde como “el caso del minero y las 2 mujeres” .
Claro, estoy segura de que Laura en América hará un programa con él antes de que Discovery Channel airee “Megaestructuras: así funciona la cápsula Fénix”

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Adjetivos que no califican.

Siempre pensé que los adjetivos se habían creado para facilitarnos la vida. Con un sujeto y un adjetivo tu mamá entendía con quién andabas: fui con”Carolina la catira”. Si te preguntaban cuál era tu maestro de Economía, con “uno bajito” bastaba. En una sociedad con 50 María Gabrielas, 50 Adrianas y 200 Danielas todos habríamos parado en locos sin distinguirlas como “La Gorda”, “La Negra” o “La Flaca”.
Hasta que me mudé a los Estados Unidos y, de repente los, hasta entonces inocentes, adjetivos se tranformaron en insultos. En consecuencia, tratar de describir a alguien sin usar los obvios es como aquel reto de mi infancia, donde tenías que contar un cuento sin decir “entonces”.
¿Cómo se supone que describa a una muchacha que pesa 200 kilos? Me aconsejan que use “heavy built”: ¿será que eso la hace pesar menos? Tampoco es correcto describir a alguien como “un flaco”, mejor decir “athletic built”. No hay que ser especialista en semántica para notar que “athletic” suena más lindo que “heavy”.
Ni hablar de las descripciones geográficas o raciales: en Venezuela eres (además de venezolana) portu, gallega, turca, china, negra, etc.
Durante una de nuestras reuniones multiculturales, una amiga colombiana y yo reíamos al tratar de explicarles porqué era imposible para nosotras describir a una mujer con un “par de enormes atributos” obviando eso.
Ahora, resulta que aquí les da vergüenza preguntar de qué país eres cuando obviamente el inglés no es tu idioma natal. ¿Será que creen que alguien puede sentirse ofendido porque se den cuenta de que no es norteamericano? Puede ser que su concepto del respeto vaya más allá del nuestro, y que la palabra “teasing” sea mucho más seria que “chalequeo”.
Entiendo que su historia de conquistas de derechos civiles ocupa un lugar importante en su ADN y que miles de norteamericanos han luchado para que las diferencias no sean un obstáculo en su “pursuit of happiness”
Nunca me he sentido ni “discriminada” ni mal vista por mi fuerte acento hispano. A diferencia de las “leyendas urbanas venezolanas”que destacan la frialdad de las naturales de estas tierras, mis nuevas amigas han resultado tan panas y solidarias como podrían ser las latinas de pura cepa. Les interesa aprender español y conocer un poco más de nuestro país. Mi adaptación a la cultura, si no norteamericana, por lo menos berkeliana ha sido mucho menos traumática que la de chistes como el del maracucho en Washington.
Sin embargo, acostumbrarme a que lo que era mi normal manera de describir a la gente sea considerado políticamente incorrecto me costará un poco más.
Menos mal que siempre puedo decir “No habla inglés”

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Entonces, ¿qué somos?

Primero, Pdvsa fuimos todos. Luego, RCTV fuimos todos. Poco tiempo después, la Radio fuimos todos. Más recientemente, Éxito fuimos todos y ahora, parece ser, que Polar somos todos.
En resumen, creo que no somos nada.

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La verdad (no) sea dicha.

 

 

¿Una media verdad o una media mentira?

 

“En Venezuela donde hay tantas cosas para sentirse mal no tiene sentido destruir una historia que nos hace sentir bien”. Esa frase, del escritor Francisco Suniaga en “Popule Meus”me hizo pensar en la relación que tenemos los venezolanos con la verdad. Autodefinirnos como “demasiado sinceros” es una de nuestras maneras de disfrazar la realidad: decimos cualquier barbaridad, cierta, para amortiguar nuestras verdades a medias.

 

Cuando dejé de vivir en Venezuela empecé a comparar los distintos tipos de verdades según los países y las nacionalidades. Mis compatriotas nunca dirían que no, de una vez, a una invitación “retórica”. Aquí, si se te ocurre soltar algo como “a ver si este fin de semana nos vemos”, responden inmediatamente, como cuando uno le da play al ipod: “estesábadonopuedoporquelas prácticasdesoccersonde9a12yluegoalmuerzanydesdehaceunmesteníanprogramadaunavisitaalmuseo” (en inglés, claro).

 

Por no creo que vivamos engañados, sino que vemos las cosas cómo nos gustan y tratando de que nuestra revelación de la “otra verdad” no cobre víctimas innecesarias:

 

Si compruebas que sí hay cervezas como la Polar, cómo vas a salir a decírselo a tus primos? Para qué? Y si resulta que sí hay café tan bueno como el venezolano? Se lo vas a decir al señor de la panadería? A estas alturas eso ya no es cierto: no vengas tú a decirle que tiene 60 años vendiendo algo menos que “lo mejor”.

 

No es que creamos mentiras, es que las convertimos en nuestras verdades. Con ellas nos defendemos de las acusaciones y miedos con las que el país nos amenaza a diario. Son nuestro “lado bueno”, que usamos como escudo ante el rostro malvado de la delincuencia y corrupción que pelea por el protagonismo.

 

Menos mal que el nombre de Miranda sí aparece en el Arco del Triunfo de verdad así nos creen el resto.


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¿Inmoral yo?

Leía en un foro, donde discutíamos la situación de Venezuela, que había llegado el momento en el que hablar de fiestas, playa o whisky resultaba inmoral. Pensaba, ¿qué puede tener de inmoral que la gente quiera disfrutar un poco con el dinero que duramente se ha ganado, o que piense en ahogar sus pesares (que ahora son más) en alcohol mayor de edad?
Llegué a la conclusión de que hacer eso, cuando queremos hacer creer al mundo que lo que se vive en Venezuela es una dictadura no es inmoral. Es simplemente estúpido: Me imagino la cara de los críticos a nivel internacional, señores serios a los que puede llegarles el informe de HRW y capaces de darle hasta algo de credibilidad, diciendo “¿Cómo esa chica, que se queja de la férrea garra opresora del chavismo, utiliza ese mismo medio para hacer cuenta regresiva de las horas que faltan para Carnavales?”.
¿Será que somos tontos, frívolos o incoherentes?
Por supuesto que, antes de opinar, me preparé para las respuestas -ataques- de los residentes en Venezuela: “Vente para acá a ver si dices lo mismo” “muy bueno ser mánager de tribuna”. Sí, como si los que están allá hicieran alguna diferencia en cuanto a su dureza en el teclado

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"No debato con nadie que no esté de acuerdo conmigo"

Hace unas semanas, en la red social Twitter, el conocidísimo músico Willie Colón decidió emitir una opinión no muy favorable al presidente venezolano, Hugo Chávez, en apoyo a los que condenaban el nuevo cierre de otro canal de televisión opuesto a las “verdades” gubernamentales.

Nadie refutó lo que dijo Willie Colón con datos que dijeran lo contrario a lo que él afirmaba de Chávez. Cuando criticó el cierre de medios de comunicación, o lo que hacía a los venezolanos, en lugar de defenderlo con cifras que dijeran que los medios eran libres, que no existía delincuencia o que todos eran más prósperos desde que él está en el poder, los defensores de Chávez se dedicaron a “googlear” cuando cuento oscuro existía del maestro, como si nombrar una noche de parranda de Willie Colón tuviera la capacidad de reducir la cifra semanal de muertos en Caracas; o un desacuerdo con “La Voz” fuera capaz de hacerlos olvidar, por lo menos en Twitter que se nos acaban los espacios de discusión, porque somos incapaces de ir más allá de los insultos. No sabemos debatir.

Ante una posición con la que no estamos de acuerdo, insultamos al que la expresa. No intentamos, ni siquiera, argumentar nuestro desacuerdo: el que no sea “de los nuestros” lo convierte en un enemigo al que ni siquiera creemos capaz de entender nuestro idioma. Por eso procedemos a emplear con ellos nuestro vocabulario más básico, acompañado, por supuesto, de menciones a su genealogía que lo hacen, en nuestra opinión, habitantes de otra dimensión (desconocidísima para nosotros, por supuesto).

Un debate no debería ser un concurso de insultos. Debería dar la oportunidad a los que lo presenciamos de conocer diferentes puntos de vista y, hasta, quién sabe, ser capaz de hacernos cambiar de opinión.

Eso es lo que pienso. ¿Alguien quiere debatir mi punto de vista?

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