True Romance

I had to come all the way from the highway and byways of Tallahassee, Florida to MotorCity, Detroit to find my true love. If you gave me a million years to ponder, I would never have guessed that true romance and Detroit would ever go together. And til this day, the events that followed all still seems like a distant dream. But the dream was real and was to change our lives forever. I kept asking Clarence why our world seemed to be collapsing and things seemed to be getting so shitty. And he’d say, “that’s the way it goes, but don’t forget, it goes the other way too.” That’s the way romance is… Usually, that’s the way it goes, but every once in awhile, it goes the other way too.” Alabama Worley.

Antes de esta época de conocimiento retroactivo instantáneo facilitada por la internet, enterarse de la existencia de películas que no trajeran las grandes distribuidoras a Venezuela era una proeza. Se trataba de contrarrestar una cartelera llena de “Locademias” y “Nerds” con horas de investigación en revistas prestadas, cacería de pasillos en video clubs y recomendaciones. Sin embargo, el promedio de éxito era bastante bajo, sobre todo porque a veces las distribuidoras tenían razón al no estrenar determinado filme (Boxing Helena, por ejemplo).

Reinaba el VHS y como emperador de ese incomodísimo formato se coronó una tienda en Altamira, que lucía uno de los mayores homenajes a la cursilería que recuerdo en la ya súper cursi Caracas: una “estatuota” del Óscar como de papier maché dorado.

Ese local fue uno de las primeras en ofrecer pasillos de películas “importadas” (como si en Venezuela si hiciera tanto cine). Dentro de ese género/estantería, descubrías carátulas de películas de cine francés más allá de Delicatessen, te enterabas de la existencia del  “nuevo” cine danés y veías a tus actores “gringos” típicos en películas que parecían inventadas.

Una mañana de sábado irresponsable decidí, en lugar de ir a matarme al gimnasio, pasar el rato buscando películas para el fin de semana. Durante 2 horas leí las cajas de VHS tratando de elegir. Qué difícil.

Resignada, agarré cualquier cosa de cine de autor (sueco del difícil, antes de las películas de libros de Larsson) y, de repente, una mano salió de la nada y me arrebató la caja. Cual galán de las películas que trataba de evitar, el dueño de la mano exclamó: “Tienes que ver esto ya”.

La memoria es mejor embellecedor que el photoshop y el alcohol juntos. Debe ser por eso que recuerdo al crítico improvisado de VHS como un tipo bien atractivo, sobre todo porque me presentó al que sería uno de los amores de mi vida: “True Romance“.

Ni leí de qué trataba. Sonrojada y algo emocionada con la atención recibida, llegué a mi casa y prendí el VH de mi cuarto, como si se tratara de una cita a ciegas con ese desconocido de hace pocas horas. Una cita memorable.

Ahora todo el mundo sabe quién es Quentin Tarantino y si no han oído hablar de Roger Avary, una googleada lo resuelve. Lamentablemente, hoy todos conocen a Tony Scott. Pero durante esa época esa película fue, para mí, una epifanía. El nombre, los personajes, los nombres, los diálogos y, sobre todo, la música. Cuando trataba de explicar de qué iba el filme, concluía recomendando “Mejor vela tú mismo”.  20 años después, aún lo hago.

En mi opinión Tony Scott fue un magnífico director (y no precisamente por Top Gun). Quizás los críticos y las academias nunca le den a “True Romance” el mismo puntaje que al “Gladiator” de su hermano, pero a mí me gusta bastante más.

 

 

 

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