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Monthly Archives: July 2011

Hace unos días leía sobre los “nazis del idioma” y su movimiento de inquisición y presenciaba un desacuerdo entre lo que es correcto e incorrecto según el Santo Diccionario de la RAE y me di cuenta de quedetesto cordialmente a la RAE. Mi amor por el español y su gramática, basada en nuestro “desordenado” ser no puede admitir que este idioma sea normado por leyes draconianas. Reconozco que somos tan desorganizados que algunas reglas tenemos que respetar. Además, cada vez que alguien agrega una s al pasado de la segunda persona del singular siento que pierdo un año de vida. Pero hasta ahí.Los idiomas evolucionan todos los días y no podemos esperar que S.A.R. Doña Rae sea omnipresente o tenga oído biónico para contar con su venia para emplear correctamente una palabra recién acuñada. Igualmente, anglicismos, galicismos y demás itsmos tienen cada vez menos sentido en una sociedad globalizada: no necesito que Don Camilo José Cela o Don José María Pemán me autoricen, vía Ouija, el uso de “postear” o “forwardear”.
Adicionalmente, he desarrollado una especial animadversión hacia los “Generales en Jefe” de la RAE: una cosa es la corrección gramatical y los horrorosos errores ortográficos: debe existir un mínimo respeto por la lengua que ya dejó de ser de Cervantes para convertirse en nuestra y otra, muy diferente, esgrimir las “Leyes de la Academia” para excluir, por ejemplo, la igualdad de género en nuestro idioma. Normas que en realidad son mucho menos férreas si consultas el DRAE que si eres víctima de un gendarme del español.
En mi opinión, utilizar a la Academia como excusa para no admitir el uso de un término en su género femenino, por considerarlo redundante, puede que sea correcto, mas no me parece justo. Este diccionario acepta “abogado” y “abogada”, pero hay a quien le parece inútil su utilización conjunta.
¿Cómo olvidar a las mujeres, que ayudadas por muchos caballeros han luchado para que se reconozca que podemos hacer las mismas cosas, y hasta más, que los hombres? Entonces. ¿por qué tenemos que conformarnos con que las profesiones sólo se llamen por el género masculino? Sé que es ocioso, repetitivo, redundante, fastidioso y todos los osos los discursos que parecieran querer llenar espacios al decir “niños y niñas” y que “niños” los incluye a ambos. Pero la culpa es de nuestro idioma, que define géneros según la letra final. ¿Por qué no hay un “Damas” y “Caballeros” para cada cosa? (sí, sería medio ridículo y hasta poco económico).
Sin embargo, existen varios casos de palabras “unisex”: como “Presidente”, que en mi opinión es bastante neutra porque admite tanto “el” como “la” como artículos. Igual pasa con “Juez”, “Policía”, “Votante”, “Pobladores”, etc. En mi opinión decir Presidente y Presidenta resulta ocioso porque “presidente” (y todas esas palabras terminadas en “e”) suena bastante neutro.

Personalmente, me alegro cuando dicen Abogados y Abogadas. Lo de ciudadanos y ciudadanas me tiene sin cuidado ya que la ciudananía es un derecho con el que nacemos sin importar el sexo.

Me llama la atención que en esta sociedad hispanoparlante tan machista nadie haya protestado porque la profesión “Publicista” termina en a y pudiera ser sólo del género femenino. No oímos a nadie presentando: -“estimados publicistos y publicistas”, ¿No? Así me siento con respecto a “miembros y miembras” En inglés han resuelto el asunto de la igualdad de género de una manera muy inteligente: en lugar de usar como prefijo “man” o “woman”, usan “person”. Porque al final eso es lo que somos todos, ¿no? Personas. Sin embargo, son bien cuidadosos con los pronombres, dicen “he or she” (él o ella) y el plural, “them” (ellos) es completamente neutro. Pero no conozco mucho de su academia de la lengua. Debe ser porque no tienen: sabios, ¿no?
¿Conclusiones? No tengo. Si Ana María Matute, Arturo Pérez Reverte y Antonio Muñoz Molina no me dan permiso para usar redundancias ni neologismos, pues los obedeceré, siempre que me lo prohíban personalmente. Por lo demás, seguiré tratando al español como lo que es: una lengua viva que nunca dejará de evolucionar y cuyas reglas escribimos quienes la usamos todos los días. Y no: no soy filóloga ni lingüista (por si acaso se me fue un gazapo).


 

Aunque soy venezolana no sé mucho de telenovelas. Que mi padre sea español tampoco me hace especialista en fútbol. Por eso, al enterarme de las reacciones de los “comentaristas” -así, entre comillas- ante la no eliminación de la selección de fútbol venezolana -hay que estar claro en que no están asombrados porque Venezuela pasó a las semifinales sino porque no la eliminaron en la primera ronda- Vinieron a mi mente situaciones de varias de mis películas favoritas, entre ellas “Hairspray”, del maravilloso John Waters. Esta obra maestra de Waters narra la historia de Tracy Turnblad, una adolescente algo pasada de peso, que quiere ganar un concurso de baile televisado durante los años 60.

En realidad, si vamos a cuentos de hadas, el equipo de Venezuela no es ni remotamente Cenicienta. Cenicienta nació en cuna de oro y su justo puesto en la sociedad le fue arrebatado por su malvada madrastra y las envidiosas, además de feas, hermanastras. Sin embargo, Cenicienta era bella y educada, sólo necesitaba un hada madrina que le presentara a su príncipe para triunfar (con detallitos como zapatillas de cristal para darle dramatismo, claro).

Ese nunca fue el caso de la Vinotinto.

Nuestra selección de fútbol siempre fue más, en mi opinión, esa niña impopular durante toda la primaria y parte de la secundaria. Algo torpe. Con maestros que no la ayudaban porque no habían descubierto que podía tener potencial. De un día para otro, se dieron cuenta de que era mucho mejor de lo que creían al principio y comenzaron a invitarla a fiestas organizadas por los más populares donde hasta bailaba toda la noche.
Hasta que, como en Hairspray, a la gordita impopular, que pasó años practicando, le tocó medirse con las chicas más bellas y exitosas, que nunca vieron a (Tracy) Venezuela como competencia real y, oh sorpresa, en el baile que las llevaría a la fama, hasta bailó mejor y ganó. Por supuesto, las triunfadoras de siempre se quejaron de la disminución de categoría del evento, pusieron a opinar a sus madres, expertas en belleza, danza y esas lides y prometieron afilar sus garras para las próximas justas (que sólo lo serían si volvían a reinar ellas, claro).
Pero, como le pasó a Tracy Turnblad, las victorias no le llegan a la selección por su cara bonita y, si se descuidan, pueden volver a quedarse olvidadas al fondo del salón.

Mientras tanto, disfrutemos de los triunfos tratando de mantener algo de humildad y mostrando nuestra mejor cara: la única que tenemos mientras a las eternas reinas de belleza el maquillaje se les corre de disgusto.