Guayabitos

Qué difícil es escribir sobre mis visitas a Caracas. Quiero hacerlo cada vez que voy a esa ciudad que se parece tanto a donde nací y crecí, pero que me trata como a un conocido incómodo que tiene que aguantar por compromiso. Quizás es mi culpa: quiero que cada visita sea un viaje en el tiempo a épocas menos complicadas (la culpa es de Dr. Who). Extraño algo que no existe. Y, por supuesto, nada es más bello que aquello que sólo existe en tus recuerdos.

Creo que ”mi” Caracas es algo así como Jim Morrison o Jimi Hendrix, trato de no imaginármela vieja o achacosa. Quisiera que el tiempo se hubiera detenido en su (o mi) mejor época y pienso en eso, hasta que mi hijo menor, sentado en mi regazo, se mueve para abrazarme y me hace imposible alcanzar las teclas. Mágicamente logra que desear viajes a otros tiempos pierda todo el sentido y que me dé cuenta de que la nostalgia es sólo un mal necesario.

Claro, es más fácil decir “Caracas ha cambiado mucho” que  reconocer que “Carmen ya no es la misma”.

 

 

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Palmeta_mata_mos_4d678f9a187ba“No hay enemigo pequeño” no debería ser una de mis frases favoritas, ya que siempre fui de las más bajitas de mi clase. Sin embargo, fue lo primero que vino a mi mente cuando comencé a darme cuenta de a qué edad pierden los niños la  tan cacareada “inocencia” infantil. En mi (seguramente errada) opinión, esa inocencia infantil no consiste sólo en no saber la verdad sobre el 24 en la noche o en usar la palabra “sexo” como el gatico que quería fornicar dos vueltas más antes de irse a su casa. Es una inocencia que implica una sinceridad brutal, producto de la observación y no de la necesidad de hacer daño. Con palabras que salen directamente de su corazón. Sin que el filtro del sarcasmo o la crueldad haya comenzado a desarrollarse.

Me pregunto ¿en qué momento un niño descubre que es divertido hacer sentir mal a otros niños? ¿Qué, no sé, sexto sentido se les atrofia para impedirles reconocer que la crueldad es atroz  y que pueden ser más poderosos maltratando a los demás que ayudándolos a ser mejores personas? Y, aún más importante: ¿dónde carajo estamos los padres cuando nuestros niños se convierten en eso?

Cuando vemos a un niño pinchando un un palito a un cachorro o volviéndolo loco con una linterna, inmediatamente pensamos, niños y adultos, que el fulanito tiene problemas (en mi caso, yo lo veo como futuro protagonista de “Criminal Minds”). No es extraño, entonces, cuando los demás niños celebran e imitan ese mismo comportamiento cuando el agredido no es un perrito sino un niñito, o sea, “uno de su propia raza”?

“Ese perrito es muy fastidioso”, “ladra mucho”, o “no me cae muy bien” no justifican el maltrato de un niño hacia un animal, ¿no? Sin embargo, esos argumentos se convierten en excusas perfectas cuando sustituyes “perrito” por “niño”.

Cuando un niño descubre que tiene el “poder” de atraer a otros al demostrar que su crueldad hiere a los más débiles, convierte su entorno en una arena donde se cree el Rey Joffrey. No sé si por miedo, comodidad o simple maldad, los subordinados del reyecito aplauden su conducta y, a su alrededor, hasta la imitan. Debe ser que es bastante más fácil ponerse del lado del que cree que manda.

Vemos como se erige un mini imperio donde reina el miedo. Se crean castas basadas en el terror: la de “los poderosos”, la de los “débiles y/o explotados”, la de los “cómodos”, y, como no, la de los “defensores” (que siempre son menos y son acallados con amenazas de impopularidad eterna). ¿Qué tiene que pasar para que llegue un Espartaco y acabe con esa especie de esclavitud?

Entonces, ¿cómo hacemos los padres para que nuestros niños se den cuenta de que la crueldad no es una virtud? ¿para que sepan que el 100% de los niños y adultos que necesitan hacer sentir mal a otros para estar contentos están condenados a la eterna infelicidad? ¿Cómo hacemos para no creer que esas conductas no pueden ser controladas con valores y educación impartidos en los hogares?

Me causa mucha curiosidad cómo hacen algunos padres para enseñar que el racismo está mal, mientras obvian que humillar a otros niños, mientras sean de tu misma raza, no tiene importancia. Que creen que controlan la violencia de sus hijos al prohibirles jugar con pistolas de plástico, pero no les parece relevante contarles que sus palabras causan heridas bastante más profundas que un dedito y un “piu piu”.

A veces pienso que en las casas donde viven esos tiranitos se lleva a cabo una especie de ensayo general de “El Señor de Las Moscas”, donde los niños no pueden ser niños porque los adultos están “ausentes”: no hay quién los guíe sobre lo bueno y lo malo.

Entonces me pregunto ¿Cuál será el barco que los rescate antes de que sea demasiado tarde?  ¿Llegará antes de  que esas moscas se conviertan en monstruos?

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(Foto de Alberto Rojas, CaracasShots)

Sobre “Caracas muerde”, de Héctor Torres.

“Caracas muerde” es el último libro escrito por Héctor Torres. Héctor, a quien considero amigo personal a persar de sólo conocerlo por textos y fotos. Puede que ser porque una vez más logra con sus relatos esa, no sé, incomodidad familiar que sólo se siente en Caracas, con gente que conoces “de toda la vida”.

Cada uno de los cuentos es un mini tour, o re visita en mi caso, por los lugares de Caracas que son conocidos pero nunca comunes. SIentes que estudiaste o trabajaste con los protagonistas. Lector, quizás, pero espectador nunca.

El primer relato puede que sea mi favorito, “Un malandro caraqueño”: ¿Qué venezolano en el exterior no se ha sentido Súperman ante una situación donde los “locales” parpadean?, es casi una autobiografía potencial.

Declaraciones como “En este país nadie lee” me hacen sonreír. Todos creemos leer más que los demás, ¿o no? “Tarde de Metro con Foro Social como Marco” es genial. Léanlo y decidan de qué lado del vagón estaban, y están ahora.

Cada narración te toca de una manera o de otra, unas te acarician, otras, tal cual, te “coñacean”. Como Caracas.

Ser parte de esta “hermandad” caraqueña no es fácil. Caracas es como un perrito callejero a quien le tienes mucho cariño. Te trata bien porque sabe que lo quieres, pero, de un momento a otro, puede aflorarle lo salvaje y dejarte sin un dedo.

SI quieren conocer aún mejor a Caracas, no dejen de visitar el blog fotográfico de Alberto Rojas, http://caracasshots.blogspot.com/

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I had to come all the way from the highway and byways of Tallahassee, Florida to MotorCity, Detroit to find my true love. If you gave me a million years to ponder, I would never have guessed that true romance and Detroit would ever go together. And til this day, the events that followed all still seems like a distant dream. But the dream was real and was to change our lives forever. I kept asking Clarence why our world seemed to be collapsing and things seemed to be getting so shitty. And he’d say, “that’s the way it goes, but don’t forget, it goes the other way too.” That’s the way romance is… Usually, that’s the way it goes, but every once in awhile, it goes the other way too.” Alabama Worley.

Antes de esta época de conocimiento retroactivo instantáneo facilitada por la internet, enterarse de la existencia de películas que no trajeran las grandes distribuidoras a Venezuela era una proeza. Se trataba de contrarrestar una cartelera llena de “Locademias” y “Nerds” con horas de investigación en revistas prestadas, cacería de pasillos en video clubs y recomendaciones. Sin embargo, el promedio de éxito era bastante bajo, sobre todo porque a veces las distribuidoras tenían razón al no estrenar determinado filme (Boxing Helena, por ejemplo).

Reinaba el VHS y como emperador de ese incomodísimo formato se coronó una tienda en Altamira, que lucía uno de los mayores homenajes a la cursilería que recuerdo en la ya súper cursi Caracas: una “estatuota” del Óscar como de papier maché dorado.

Ese local fue uno de las primeras en ofrecer pasillos de películas “importadas” (como si en Venezuela si hiciera tanto cine). Dentro de ese género/estantería, descubrías carátulas de películas de cine francés más allá de Delicatessen, te enterabas de la existencia del  ”nuevo” cine danés y veías a tus actores “gringos” típicos en películas que parecían inventadas.

Una mañana de sábado irresponsable decidí, en lugar de ir a matarme al gimnasio, pasar el rato buscando películas para el fin de semana. Durante 2 horas leí las cajas de VHS tratando de elegir. Qué difícil.

Resignada, agarré cualquier cosa de cine de autor (sueco del difícil, antes de las películas de libros de Larsson) y, de repente, una mano salió de la nada y me arrebató la caja. Cual galán de las películas que trataba de evitar, el dueño de la mano exclamó: “Tienes que ver esto ya”.

La memoria es mejor embellecedor que el photoshop y el alcohol juntos. Debe ser por eso que recuerdo al crítico improvisado de VHS como un tipo bien atractivo, sobre todo porque me presentó al que sería uno de los amores de mi vida: “True Romance“.

Ni leí de qué trataba. Sonrojada y algo emocionada con la atención recibida, llegué a mi casa y prendí el VH de mi cuarto, como si se tratara de una cita a ciegas con ese desconocido de hace pocas horas. Una cita memorable.

Ahora todo el mundo sabe quién es Quentin Tarantino y si no han oído hablar de Roger Avary, una googleada lo resuelve. Lamentablemente, hoy todos conocen a Tony Scott. Pero durante esa época esa película fue, para mí, una epifanía. El nombre, los personajes, los nombres, los diálogos y, sobre todo, la música. Cuando trataba de explicar de qué iba el filme, concluía recomendando “Mejor vela tú mismo”.  20 años después, aún lo hago.

En mi opinión Tony Scott fue un magnífico director (y no precisamente por Top Gun). Quizás los críticos y las academias nunca le den a “True Romance” el mismo puntaje que al “Gladiator” de su hermano, pero a mí me gusta bastante más.

 

 

 

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Si mi estado natural no fuera un “estoy a dieta” eterno me alimentaría a base de pan y pasteles. “Canilla” de panadería venezolana y pastelitos de papa (andinos, de ser posible).

Pero, por supuesto, después de la final de la EURO 2012, no vienen a mi mente los exquisitos pasteles ni las panaderías, sino el peyorativísimo término “pastelero” y los todo menos “panas” que lo usan.

Cada evento deportivo internacional, los venezolanos estamos condenados a sufrir: no siempre contamos con representantes que mantengan viva nuestra esperanza de llegar a una final, sobre todo si ese evento es la EURO y nuestro país pertenece a latinoamérica. Como si eso no bastara, si se nos ocurre simpatizar con un equipo con el que sólo nos unen los poco nobles nexos de simpatía somos agredidos.

Durante cada uno de esos sucesos, el país se divide en dos ¿equipos?: 1.- los “Orgulloso de NO ser 100% venezolano como tú” (también conocidos como los “muéstrame tu árbol genealógico para admitirte en este selecto grupo”) y 2.- los “Todo el que apoye a un equipo no venezolano es traidor”.

En algo están de acuerdo estos dos archi rivales (nuestros, no entre sí): nadie tiene derecho a ir al equipo que ellos no consideren está dentro de sus “opciones”. Cual sistema de castas, sólo puedes o bien ser hincha del equipo del país donde naciste o apoyar al del país de tus padres (previa presentación de pasaporte o DNI, claro).

El frenesí de cada partido activa un sistema de comentarios de este estilo: “ojalá así apoyaran al equipo de bolas criollas” “¿y éste por qué dice que Ramos juega bien si a su prima la rebotaron de Barajas?”

Fastidiosos, ¿no? Pero, en mi opinión, los peores inquisidores del fútbol “no venezolano” son los inventores del término “pastelero”: donde caen los incautos que osan no quedarse en las castas instituidas por estos Fan-nazis. Esta patrulla del fanatismo llama “pastelero” a quien se atreva a emocionarse sin tener derecho a ello. Las sanciones de estos policías/jueces/verdugos expeditos consisten en crear argumentos, siempre absurdos, para contrarrestar las expresiones de emoción de los “indignos”, y tildarlas de “pastelerismos”. Claro, porque ellos son “de la casta superior” a la que los parias nunca tendrán acceso.

Tontos! el fanatismo no pide pedigree ¿La inspiración de la Vinotinto son sólo jugadores venezolanos?

Les cuento algo: si a uno no pueden obligarle a querer a la familia, menos me van hacer apoyar a un equipo “porque sí” y tampoco van a lograr que deje de gustarme otro “porque no es venezolano” o porque “yo no tengo pasaporte burundés”.

Los equipos sin fanáticos no existen. No imagino a los jugadores del equipo español o italiano creando una lista de requisitos para apoyarlos. Ni mi papá, español (no sólo de pasaporte), ni mis queridos vecinos, portuguesísimos, cuestionaron el amor  de los venezolanos ”de pura cepa” por sus equipos . Creo que si me vieran a mí haciéndolo no entenderían. En realidad yo tampoco entiendo.

Ayer leí una de las declaraciones más tontas que he visto últimamente “No felicito a nadie si no tiene pasaporte europeo” y pensé que, sólo en eso, soy más estricta: no felicito a nadie si no jugó en el partido.

 

 

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Como Social Media In-Expert confesa, quiero compartir “en voz alta”, algunas reflexiones después de más de 20 años trabajando en publicidad y unos pocos ¿aprendizajes? en esto que llaman “social media”:

-Siempre creo que la palabra “gurú”, usada como adjetivo, es un chiste que el denominado así no entendió. Antes de aceptar que los llamen “maestro espiritual o jefe religioso” o “Persona a quien se considera maestro o guía espiritual, o a quien se le reconoce autoridad intelectual” piensen en si tienen suficientes méritos para eso o sufren de una enorme falta de modestia. (Definición de la RAE)

-Cada vez que leo “experto en social media” o “bloguero” no puedo evitar transportarme a la -dudosamente- gloriosa época del .com. Tal y como, en mi opinión era en esos tiempos el .com, tanto el SM como los blogs son (nuevamente, en mi opinión) nuevos medios donde expresarte o transmitir tu mensaje, sea como persona o como empresa. Si eras vendedor, el .com te dio un nuevo canal de ventas, pero si no tienes idea de cómo vender, no hay site que te salve. Igual pasa con los blogueros que no saben escribir o no tratan temas interesantes, estar en la web es como haber impreso un libro, quizás financiado de tu bolsillo, que a nadie le interesa leer. No importa que el SEO te ponga de primero, si a la gente no le interesa lo que vendes, sobre lo que escribes, o tú, no sirve. Igual que en la “vida real”, ¿no?

-En la “vida real” a nadie aguanta a una persona que esté todo el día hablando sobre sí misma, sus logros, lo guapo que es y cuánto lo quieren los demás, sin interesarse jamás por quienes lo rodean. Entonces, ¿por qué habría de gustarle una marca que haga lo mismo? Hagan publicidad en los medios sociales (de algo tienen que vivir esas páginas), pero adapten el mensaje a un medio no apto para monólogos ni auto elogios. Aprovechen esos “focus groups” automáticos estableciendo un diálogo con sus compradores y quien sabe si, al saberse escuchados, se transforman en sus mejores vendedores. ¿O nunca han pensado en porqué se llama SOCIAL Media?

-Si me vas a hablar en un sitio donde me siento cómodo, hazlo de algo que tenga que ver conmigo: ¿cómo puede interesarle a alguien que entra a cualquier medio social a ver las fotos de su sobrino las mejoras en el motor de un automóvil? Sería como pautar un aviso de acumuladores en Vogue. Luego no digan que lo que no sirve es Facebook o MySpace (eso último fue un chiste). Nunca ha visto un “One Show” de los mejores publireportaje (a mí me parecen aburridísimos) y ponerlos en un sitio “de moda” no va a hacer que aumenten su poder. Si es fastidioso no sirve. Punto.

-Los avisos o son buenos o son malos. Pautar en primera página full color en un diario de circulación nacional una nota de prensa no la hace más emocionante (aunque no faltará quién me recuerde la hazañas de Don Draper). Publicarla “promoted” en Facebook sólo hará que esconda la historia y quien sabe si hasta deje de gustarme la marca. Si no pueden hacer buenos avisos contrata a un creativo que los haga. Al igual que en los .com, siempre fuiste creativo y ahora también creas para SM. Recuerden que según el tío Leo, en publicidad el peor pecado es ser aburrido. Debería ser el primer mandamiento para todos los medios.

-¿Le tienes miedo a los ataques? ¿Tienes algo que ocultar como marca y no quieres que nadie lo mencione? Entonces, lamentablemente, el SM no es para ti. Pero, peor aún, tampoco lo es esta época. Nada de lo que hagas como marca es “sagrado”. Aunque decidas que no estás preparado para responder ataques en medios sociales, si tengo algo contra ti encontraré la manera de hacértelo saber, y en el camino se enterarán todos mis amigos, colegas, seguidores, suscriptores de mi blog, etc. En mi opinión, te conviene estar disponible para responder. Claro, es sólo mi opinión.

-Todos los mensajes tienen (o deberían) estar adaptados al medio donde se transmiten. Si nunca pautarías una “Memoria y Cuenta” en un medio de “entretenimiento”, ¿de verdad crees que Facebook, Twitter o G+ son los mejores lugares para hacerlo?

-Social Media es un medio más: no sé si es porque los posts de Facebook o tweets no tienen un costo inmediato de pauta que se les da tan poca importancia, pero, piénsenlo bien: si supieran que ese “aviso” va a ser leído por 10.000 personas, ¿lo publicarían?

Esta lista desordenada ha estado dando vueltas en mi cabeza por un tiempo y, para que se quedara tranquila, la escribí.

Si quieren agregar alguna reflexión/pensamiento o aprendizaje, anótenlo en los comentarios. Gracias!

 

 

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Larry Clark, el cineasta, fue el primero en presentarme la palabra “bully”. Me preguntaba cómo habían hecho para ponerle el título de la película al español, ya que el término, aunque muy utilizado es súper difícil de traducir.

Hasta que finalmente, después de casi 4 años viviendo en EE.UU. encontré la traducción perfecta para esa palabra: “Bully”, en español, es “cobarde”.

Resulta que, de unos años para acá, aquí todo es considerado “bullying”. La amplitud del término incluye desde burlarse de unos zapatos hasta meter a un compañero de clases en la papelera durante el recreo. Cómodo, ¿no? El racismo es bullying, la burla, bullying, no querer jugar con otro niño en el recreo, bullying también. Entonces, ¿dónde queda ese “verdadero” bullying? Sí, ése que en Venezuela llamaban algo como “caribeo”, el maltrato continuo por parte de un “caribeador” hacia los que -cree él- son más débiles.

Una niña en la escuela lloraba desconsoladamente y, al preguntarle por qué se sentía así, contestó, señalando a un grupo a lo lejos “me dijeron que era una bully porque no quise jugar con ellas”

A mi hijo y a un compañero intentaron meterlos en la papelera durante un recreo. Sí, eso también es considerado “bullying”. La mamá del otro niñito, una tipa extraordinaria, se sintió tan impotente que lloró. Yo, presumiendo de una dureza latina que creo haber olvidado en Caracas, traté de tranquilizarla: “sólo están en 2do. grado… no pasa nada”.

Pero sí pasa. Primero, la felicidad con la que se utiliza el término hace que los niños no distingan la gravedad del verdadero bullying. Si una niña que no quiere jugar con otras merece el mismo calificativo que unos pichones de delincuentes juveniles, algo está mal. Si los que no obedecen las reglas son glorificados, algo está peor.

Una de las cosas que me gusta de que mi hijo asista a una escuela pública es que, a diferencia de mí, crecerá expuesto a una variedad de puntos de vista y culturas que la realidad venezolana me hacía imposible. Sin embargo, si esa variedad de puntos de vista flexibiliza el respeto hacia los demás, creo que el problema es grave.

Esta cultura, además, trata de recuperar al perdido en lugar de mantener bien al sano. Encuentro especialmente extraño que una ciudad tan alejada de las enseñanzas católicas repita inconscientemente la parábola del hijo pródigo, con la diferencia de que ese hijo pródigo no tiene padre que lo espere de vuelta. Para el momento que el sistema cuasi paternalista se dé cuenta de que el bully es, en términos criminológicos, “irrecuperable”, habrá perdido doblemente, porque el “bullyiado”, a menos que tenga un soporte familiar a prueba de balas, probablemente saldrá dañado también, al dedicar energías que debería enfocar en ser un mejor estudiante a defenderse de los ataques.

La igualdad de oportunidades en la escuela pública no puede limitarse a dar al niño de menos recursos  las mismas posibilidades de desarrollo que a los demás. Tiene que ser capaz de construir un ambiente donde TODOS los niños, sean fuertes, débiles, parte del 99 o del 1% puedan alcanzar el máximo de su potencial. Defender a un bully porque tiene carencias afectivas es tan malo como perdonar a una niña que golpea a otra sólo porque sus padres donaron el patio del recreo. Las acciones tienen consecuencias y proveerle a los niños circunstancias atenuantes derivadas de su entorno les da una coartada eterna, que estoy segura seguirán utilizando hasta que entren al sistema legal juvenil y, más adelante, al sistema penitenciario. Están formando irresponsables. Por eso, en mi opinión, un bully es un cobarde, que no enfrenta las consecuencias porque el sistema escolar le da la excusa para no hacerlo.

Si en la escuela (igual que en los hogares) no existe una cultura que eduque a los niños a no seguir a quienes toman malas decisiones y lleva a idolatrar a los chicos cuyos padres no les ponen reglas, los “cobardes” seguirán ganando. Escuché a un niño de 2do grado decir “tuve sexo con alguien” (imagínense el tamaño de mi asombro) delante de todo su salón: un niño cuyos padres no ejercen el menor control sobre él es el sueño de todos los demás a los que nosotros, los “malos padres” no permitimos pasar todo el día solos en la casa, jugando Resident Evil ni surfeando YouPorn.

No me considero moralista, pero ¿sexo a los 7 años? ¿En serio? (ni hablar de YouPorn)

De ahora en adelante, mi política es “Zero Tolerance” contra los verdaderos bullyies, Comenzaré a llamarlos, en su cara, “cobardes” y, como probablemente no entiendan español (generalmente los bullyies no son precisamente los estudiantes más aventajados del salón), traduciré y les diré “you are not a bully, you’re a coward, pendejo”.

Vivo en California y, tristemente, veo varios candidatos a la vecina San Quintín. Esperemos que me equivoque y estos chicos no terminen como los hechos reales en los que basan “Law and Order SVU”.

Encontré un blog sobre anti-bullying muy bueno (en inglés) del que saqué la imagen. Visítenlo. Se llama “The Anti-Bully Blog”

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Desde que recuerdo, siempre me ha encantado leer. Quizás porque no había tantos programas de TV ni existían las computadoras, o porque en mi casa el único video juego que existió fue el primer Atari mi manera de pasar el tiempo libre era leyendo. Tanto, que cuando en cualquier formulario me preguntaban mis “hobbies” mi primera respuesta era “leer”.

No me refiero a obras maestras de la literatura ni a tratados filosóficos: la biblioteca de mi casa tenía desde las obras de Ortega y Gasset hasta “El Tercer Ojo” de Lobsang Rampa, y pasaba por las ediciones de bolsillo de Agatha Christie, historias del inspector Maigret, todas las revistas de “Alfred Hitchcock presenta” y unos cuentos tristísimos que olían a polvo, de Somerset Maugham.

Podría narrar cronológicamente mi infancia y juventud según los libros que leía. Por eso, me extraña tanto que, para mi hijo mayor, leer sea considerado una tarea o, peor aún, un castigo.

“¿Mami, si leo me dejas jugar con el Nintendo?” es casi una pregunta diaria en mi casa. “Leí 20 minutos, ¿ahora puedo hacer otra cosa?” “Ya en la escuela leemos suficiente” es parte de su guión diario. Y no es que lean “Platero y yo” (de lectura obligatoria en mi niñez y fastidiosísimo a cualquier edad). Comienzan con las obras del Dr. Seuss, quién escribió libros infantiles para enseñar a leer porque se dio cuenta de que ninguna de las obras recomendadas para esto resultaba interesante para los niños. Tienen acceso a historias divertidas y hasta algo escatológicas para los estándares del Colegio del Opus Dei donde estudié. Pero, ni así. No he encontrado la forma de hacer que mi hijo tenga una relación amorosa con la lectura tan hermosa como la mía y me frustra que un niño tan inteligente como él (modestia aparte) no aproveche las ventajas que le dará leer con gusto.

He pedido consejos en la escuela, en la biblioteca pública, foros de Internet, etc. La televisión está alejada y las computadoras sólo las usa para investigaciones. Por mi parte, dejé de usar lectores electrónicos y volví a los libros físicos para que viera que estaba leyendo. Le leo historias escogidas por él, pero nada.

Quizás mi error está en querer que mi hijo disfrute con las mismas cosas que me hacen feliz y debo dejarlo escoger sus propios amores. A lo mejor si sólo me ve jugando Zelda, por llevarme la contraria lea todo lo que hay en la biblioteca ¿Resultará darle una sobredosis de telenovelas mexicanas para que, harto, no quiera oír más tv en su vida?

Claro, yo me preparo para un milagro y uso eso como excusa para estar al día con los libros “de moda” entre su generación: ¿Ya leyeron “The Hunger Games”?

 

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Desde que comenzó la furia de las redes sociales siempre he pensado que la única manera de justificar el uso o presencia en más de una es alimentándolas con contenido diferente. ¿Cuál es el objetivo de repetir el mismo post en 2o redes distintas si básicamente te sigue la misma gente? Quizás, como empresa, la misma información es relevante para tus clientes en varios medios. Claro, siempre que la estructura de ese medio o red lo permita.

Entiendo que Twitter, Google+ y Facebook pueden admitir, si no el mismo contenido, por lo menos cierto formato común. Pero, ¿Linkedin? ¿Cuál es el sentido de publicar updates totalmente personales en una red autodenominada “profesional”? por ejemplo.

Existen las fronteras, escritas o no. Si todas esas redes sirvieran para lo mismo (o las usáramos para lo mismo) perderían todo el sentido.

Toda esa introducción de social media expert wannabe es para referirme al boom de Pinterest. Cuando una de mis amigas me invitó a esta red, me la explicó de una forma bastante sencilla: es un sitio donde “pegas” las cosas que te gustan y puedes separarlas por categorías en “boards” que tú creas. Además, puedes elegir seguir todos los “boards” de alguien o sólo los que te gusten.

Pensé: “perfecto”. Como coleccionista de imágenes bellas e inutilidades divertidas me sentí inmediatamente target de Pinterest y comencé a usarlo con mis amigas de gustos similares. Mis boards iban desde “cosas que me gustan” hasta “creepy stuff”, pasando por “really?” (me pareció de mal gusto bautizar el board “WTF”), y seguí actualizándolo con cierta regularidad. Debo confesar que la consideraba una de las redes sociales más “relajadas”, como un corcho moderno donde en lugar de pegar postales de películas de cine o fotos de tus lugares favoritos, pegas sus versiones digitales.

De un día (o semana) para otro, todo el mundo comenzó a hablar de Pinterest. No me considero exageradamente “early adopter”, pero me extrañó que algo que venía usando hace casi un año comenzara a mencionarse tanto tiempo después. Pensé, ¿será que lo compró Google y no me enteré? ¿O Icahn?, pero no, simplemente algunos líderes de opinión en SM consideraron que la herramienta valía la pena y comenzaron a reseñarla, con las (favorables) consecuencias que eso trajo.

Por supuesto, para que una red social sobreviva tiene que ser conocida, atraer público y encontrar formas de hacer dinero. A pesar de la hipócrita postura de Zuckerberg en “The Social Network”, que sea cool no basta y muchos retailers encontraron en Pinterest una manera fácil e interesante de mostrar sus catálogos, uso que, en mi opinión, es perfecto para “pegar” en esos corchos virtuales.

Lo que sigo sin entender (recuerden que no soy experta en redes sociales) es porqué algunos insisten en convertir Pinterest en Twitter, Facebook, Google+ o, peor aún, Linkedin. En mi opinión Pinterest es totalmente visual y de fácil lectura. No la entiendo como marco de cifras comparativas de la pobreza en distintos países de América Latina. Puedo aceptar malos chistes gráficos y fotos cosplay espantosas, pero infografías del crecimiento per cápita del consumo de opiáceos, no. Si estuviera en el colegio, Pinterest no me parecería un lugar para estudiar.

Como leí por ahí, cada red es lo que tú quieres que sea. Por ahora, como “persona natural” trato de tener mis fronteras si bien no defendidas con muros de Berlín, delimitadas:

En Facebook: interactúo con mi familia y amigos, veo fotos de mis amigos y de sus bebés, me entero de matrimonios, divorcios, acontecimientos felices o tristes. Es una manera de seguir en contacto con amigos que físicamente están lejos.

En Twitter: comparto opiniones y enlaces que me gustan. Expreso mis malos y buenos humores, debato sobre política, comento eventos y hago críticas, casi siempre relacionadas con lo que sucede en mi país de origen: Venezuela. Es la única red social donde me permito hablar de política, un límite que me puse conscientemente pensando que, en la vida real, hay lugares donde se habla del gobierno y lugares donde no.

En Google+: mezclo un poco de todo, desde compartir fotos personales con círculos de amigos hasta comentar campañas publicitarias geniales, trabajos fotográficos que me gustan y la canción que acabo de escuchar en la radio. Me gusta abrir discusiones sobre temas, si bien no tontos, tampoco muy profundos como cuáles son las mejores frases de la literatura es español, por ejemplo. La política, aquí, para mí no existe. No escribo mis opiniones al respecto ni comparto noticias relacionadas con esto. Por lo menos por ahora.

En Linkedin: establezco conexiones laborales. Si está prohibido por la ley preguntar en una entrevista de trabajo si soy casada, tengo hijos o mi edad, ¿por qué querría publicar algo relacionado con esos tópicos?

En Pinterest: pongo (o “pineo”) lo que me gusta o me llama la atención. Trato de mantenerme lo más “gráfica” posible. Aunque disfruto escribir intento que mis boards sean lo más visuales posible ya que creo que una de las ventajas de esta red es que permite ser “hojeada” (del verbo “hojear“) fácilmente. No me imagino leyendo un tratado filosófico en el corcho de mi cuarto.

Claro, esa es sólo mi opinión personal. Tan personal como debería ser nuestra presencia en cada red.

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Villa Alegre era un show que transmitía la TV venezolana en una época en la que teníamos que “conformarmos” con los 4 ó 5 canales de señal abierta disponibles. Villa Alegre era una especie de pueblo donde los mayores le hablaban a los niños en inglés, éstos les respondían en español y viceversa. Recuerdo que su formato era bastante más divertido que la mayoría de los programas educativos que hacían de baby sitter en las tardes lluviosas mientras las madres terminaban la cena. Y, aunque no puedo decir si me enseñó o no inglés, puedo asegurar que si las casas en EE.UU. tuvieran nombre, la mía se llamaría Villa Alegre.
En mi natural terquedad, nunca he entendido porqué madres que dominan perfectamente el español insisten en comunicarse con sus hijos, una vez mudadas a un país angloparlante, en un idioma que definitivamente las pone en desventaja.
Primero está el problema del “acento nativo”. No importa cuántos cursos en gramática inglesa tengas: si no aprendiste a pronunciar la “z” en inglés antes de los 4 años, serán necesarias al menos dos reencarnaciones para lograrlo (en mi caso, tres). Si sé que nunca podría llamar por teléfono a un niño llamado “Zachary” ni me entienden cuando dicto “Grizzly Peak Boulevard”, ¿Por qué debo insistir en hablarle a mis hijos como una copia devaluada de Sofía Vergara? (inserte tono envidioso aquí).
Además de evitarme humillaciones innecesarias (“mami, es “zzzziiibra, no ziiiiibra”),  el hablarle en español a mis hijos les da una ventaja sobre sus compañeros, muchos de ellos 100% monolingües, al entrenarlos a pensar en dos idiomas como nativos y, a medida que se hacen más grandes, a distinguir cuántas de las diferencias culturales se ven reflejadas en las sutilezas del lenguaje ; ¿Cómo entender la diferencia entre “ser” y “estar” con un solo verbo “to be”?
No puedo evitar reírme al oír a mis compañeras idiomáticas regañar a sus hijos en lo que yo llamo “español en inglés” delante de un público completamente hispanoparlante. ¿Que los niños se confunden si oyen dos idiomas? La cantidad de inmigrantes que dominan a la perfección más de una lengua demuestra lo contrario.
Yo insisto en transformar mi imposibilidad de adquirir un acento nativo en una oportunidad para que mis hijos (y algunos de sus pobres amiguitos) escuchen el español que me ayuda a escribir lo que quiero y al que defiendo ante los criminales de ortografía de todas las maneras posibles. Ellos, acostumbrados a expresarse socialmente en inglés, me oyen responderles en español e imagino que, en su mente, me ponen los subtítulos en inglés. Claro, ellos no habían nacido cuando pasaban Villa Alegre.
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